En los años 80 vivíamos de cara a la calle. Nuestras redes sociales estaban en el parque, en el colegio, en el equipo de fútbol o en casa de una vecina. El intercambio de archivos musicales se hacía de mano en mano a través de cintas grabadas, prestándonos/intercambiando los soportes físicos (discos de vinilo, casés y, al final, cedés) o compartiendo las escuchas en el radiocasé de algún colega. Míticas horas encerrados en el cuarto de algún amigo o sentados en el banco de alguna plaza alternando las cintas “escucha esto” “pon esto, verás” “dale para atrás, ponla otra vez”.
Esto no lo comparto solo por nostalgia viejuna. Tiene su razón en la forma en la que nos llegaba la música y, por tanto, en la que los músicos conseguían hacerse escuchar. Cuando unos chavales formaban un grupo solían quedar a ensayar y no en los míticos garajes yanquis, si no en algún sótano, un local abandonado de alguien de la familia, a veces en espacios que cedían colegios o ayuntamientos y, los más pudientes y afortunados, en auténticos locales de ensayo.
Leize seguro que arrancó de este modo, compartiendo sueños, aprendiendo a componer y tocar a medida que esos ensayos se sumaban. Y llegaron al momento cumbre de grabar su primera maqueta. Seguro que lo recuerdas: cintas de casé con unas pocas canciones, a modo de EP, generalmente con un sonido del demonio (y no por lo heavy del mismo). Muchas veces la recogía el propio grupo en el local con una grabadora; si había suerte con un micrófono profesional (prestado, por supuesto); si juntaban algo de pasta alquilaban un rato (un día quizá) un estudio de grabación y metían a piñón esos cuatro o cinco temas que consideraban su obra maestra. Porque entonces no había ordenadores en las casas (ni en casi ningún lugar), los estudios de grabación eran cosa seria y costaban mucho parné.
Nuestros chicos de Leize tuvieron en 1985 esa maqueta: Un día cualquiera, Dictadura socia’, Egun batean, Acorralado y Sangre de barrio. Poco después tenían en el mercado su debut en forma de single: Escalón por un lado y el tema Y otra vez en el otro. Eso también puedes encontrarlo en la historia de muchos grupos de la época; grabar un single, baratito, a ver cómo encaja y luego, si eso, a por el larga duración. Este pedazo de plástico servía para visitar las radios y a los promotores, a las primeras para que pincharan la canción principal, la del lado A, y a los segundos para que les metieran en algún concierto o festival o los llevaran de gira.
Leize cubrió todos aquellos pasos del camino hasta conseguir en 1987 sacar Devorando las calles, uno de los mejores discos de heavy rock nacional. Entraron en la dinámica de giras y grabaciones en estudio. En 1989 Buscando… mirando, en 1991 Acosándome y en 1993 este Loca pasión que hoy comparto.
Fijaos en la fecha de edición. Aquello del heavy nacional, el rock radikal vasco o el rock urbano había pasado a mejor vida en las radios, las pujantes televisiones o, quizá, hasta en el gusto del público de principios de los noventa. Nirvana, Pantera y el disco negro de Metallica habían “modernizado” todo aquello. La evolución sonora de Leize fue ajena en cierto modo a eso, aunque de un heavy rock crudo, pero de trabajadas melodías y letras reivindicativas (con un poso poético), evolucionaron hacia un hard rock con tintes urbanos; eso sí, nunca perdieron el buen gusto melódico ni las letras curradas, en la temática y en la estructura.
La banda: Félix Lasa ponía su particular voz y tocaba la guitarra, Pacíficio Carrasco se encargaba de la guitarra solista, Toño Rodríguez del bajo y Pedro Rodríguez de la batería (y todos hacían coros). Se metieron en agosto de 1992 en los estudios Talkback de Madrid y entre diciembre de aquel año y enero del siguiente en los famosos M-20 también de Madrid. La producción la llevó la propia banda con el apoyo de Mariano García, propietario del sello Barrabás, que editó esta joya; Juan Manuel e Iván Camacho en los controles técnicos. Las canciones las firman los cuatro integrantes cual Fuenteovejuna roquero.
Al lío musical ⬇️
Es una pena que no hayan masterizado esto aún: en la versión vinílica las guitarras están bien equilibradas, aunque quedan ocultas en algunas ocasiones por la superposición de la batería y la voz; en el caso de la voz (las voces) la mezcla funciona, pero esa batería procesada queda mal tan presente y repetitiva; en la versión digital se acentúa algo más, o es mi sensación, ese sonido, perjudicando en ocasiones las armonías que tan bien trabajan estos tipos. La sensación de falta de fuerza pesa en la mezcla final.
Comienza la cara A con No me llores; tiene una letra dedicada a una persona (¿cercana?) que se niega a aceptar la derrota de su vida, el tobogán en el que se ha convertido, por lo que no es capaz de cambiar el rumbo de su negocio. “No me llores tus razones/si no lo puedes remediar/pones pegas a lo que tienes/de dónde vienes y a dónde vas”. ¿Se os ocurre a quién podría estar dedicada? Por detrás hace un poco de complemento, pues avisa del peligro que te viene cuando te descuidas, de los traidores que aparecen por detrás, “como la cuerda corta al cuello” y se aprovechan de ti (¿un representante quizá? ¿los señores de traje de la compañía de discos?). Se dejó llevar suma una letra más a la lucha contra el maltrato y el abuso dentro del matrimonio, tema recurrente en las bandas de heavy y rock de la época (unos adelantados); al fin y al cabo, muchos músicos vivían en barrios y salían de familias difíciles, donde no eran infrecuentes escenas de este tipo. “El anillo es la marca de la propiedad/que pone rejas a sus ojos/esos golpes que hasta ayer disimuló/escondida en un rincón”. Por el hueco incide en el personaje que tiene las llaves del negocio (en este caso del teatro), que está acabado, que vive en una “gloria de cristal” y espera algo “donde todo es una ruina”. La mitad del camino formaría con la anterior y la primera de esta cara un tríptico magnífico, con final feliz para nuestros muchachos, pues se liberan de ese yugo “fue tarde cuando lo vi/descubrí la clave de su juego/hay cadenas que es mejor romper/como se rompe al enemigo”.
La cara B arranca con mi favorita. Noche de ronda es, precisamente, eso: una canción de sexo y fiesta. “solo contigo en tu habitación”. Gran estribillo que da lustre a una construcción sencilla. En sus manos reivindica aún la oposición al servicio militar obligatorio, que no se eliminó hasta el 2001 “juraremos lealtad por un color de asta/sin ningún orgullo en la mirada/juventud que moja de sangre sus galones/por eso que llaman libertades”. Hoy, que se oyen vientos de retorno, hay que subir el volumen de este tema. No hay nada mejor recuerda la lacra que el consumo de heroína dejó en muchos barrios de muchas ciudades “agujero falso donde empieza su ambición/la palmada fría y bajo manga su valor/en la punta de su lanza recalienta su veneno”. De las mejores guitarras. En Nadie mira (nadie sabe) vuelven al tema de la traición, avisando: "lo que está delante, nunca sale por detrás". Encara a quien levanta el cuchillo, agarra la mano de quien te ayuda y "miremos a la calle y busquemos algo más". Como la luz es una triste balada sobre la pérdida de la persona amada, de lo largas que se hacen las noches y la desesperación como sentimiento principal.
La edición de este álbum no cambió en nada la tendencia que la banda llevaba en el mercado y en los conciertos: en franca decadencia, como todo el sector heavy y hardroquero nacional. Tiempos de cambios, ya sabes. Sin embargo, mantuvieron el tipo unos años más: Todo por el suelo (1995) fue su último álbum de estudio y, finalmente, publicaron en doble CD el directo Esto es lo que hay (1996), con el que se despidieron del público durante una larga temporada. Regresaron con el nuevo siglo publicando Solo para ti (2006), XXX (2013) y Cuando te muerden (2015).
La versión que comparto es nacional de época (nunca se ha reditado el vinilo, aunque sí lo hizo BOA en cedé). Más simple que el salpicadero de un Lada, tiene un inserto con las letras, algunas fotos y la información del disco y la banda. Suena muy bien y se le quiere.
Tened un fin de semana heavy del bueno.



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