En los años 80 vivíamos de cara a la calle. Nuestras redes sociales estaban en el parque, en el colegio, en el equipo de fútbol o en casa de una vecina. El intercambio de archivos musicales se hacía de mano en mano a través de cintas grabadas, prestándonos/intercambiando los soportes físicos (discos de vinilo, casés y, al final, cedés) o compartiendo las escuchas en el radiocasé de algún colega. Míticas horas encerrados en el cuarto de algún amigo o sentados en el banco de alguna plaza alternando las cintas “escucha esto” “pon esto, verás” “dale para atrás, ponla otra vez”. Esto no lo comparto solo por nostalgia viejuna. Tiene su razón en la forma en la que nos llegaba la música y, por tanto, en la que los músicos conseguían hacerse escuchar. Cuando unos chavales formaban un grupo solían quedar a ensayar y no en los míticos garajes yanquis, si no en algún sótano, un local abandonado de alguien de la familia, a veces en espacios que cedían colegios o ayuntamientos y, los más...