La historia de este disco no se entiende sin hablar de Salvador Domínguez, el guitarrista que había puesto en marcha el proyecto y que tenía muy claro que BANZAI debía dar un paso adelante. Tras la publicación del primer LP en 1983, la banda experimentó cambios importantes y de aquella formación inicial solamente permanecieron Salvador y el bajista Tibu. Para esta nueva aventura se incorporaron el batería David Biosca, el cantante José Antonio Manzano y el teclista argentino Danny Peyronel, un músico con una trayectoria internacional que había pasado por Heavy Metal Kids y UFO, y que también estaba relacionado con la escena argentina a través de Riff.
La entrada de Manzano fue especialmente importante: su voz tenía ese carácter poderoso y esa personalidad que pedía el repertorio, mientras que Biosca aportaba una base rítmica sólida y Tibu continuaba sujetando el conjunto desde el bajo. Salvador, por su parte, seguía siendo el gran arquitecto musical, el hombre que tenía en sus manos las guitarras y que parecía decidido a demostrar hasta dónde podía llegar aquel grupo. La incorporación de Peyronel completaba la nueva alineación y añadía algunos matices a un sonido que, sin perder su esencia, buscaba una mayor amplitud.
Y si el cambio de formación ya era una declaración de intenciones, el lugar escogido para grabar el álbum también merece su espacio en esta historia. Duro y Potente se registró en los Mediterráneo Studios de Ibiza, unas instalaciones vinculadas a Dave Holland, el batería británico que había formado parte de JUDAS PRIEST. Conviene precisar que el estudio había nacido originalmente como Ibiza Sound y que Holland se asoció posteriormente con Thomas Ángel. No hablamos, por tanto, de una simple anécdota para adornar la biografía del disco, sino de un detalle que nos permite entender las ambiciones con las que se afrontó aquella grabación. BANZAI dispuso de unas condiciones de trabajo profesionales, con Mariscal Romero al frente de la producción y con Brad Davis y Dennis Herman ocupándose de la ingeniería de sonido. Era una oportunidad para dejar atrás cualquier limitación y conseguir que las canciones sonaran con la fuerza que el grupo llevaba tiempo reclamando. Y uno, que se pone en la piel de aquel chaval que acudía a la tienda de discos en 1984, no puede evitar recordar la expectación que me despertaba la llegada de un nuevo álbum, de una banda que parecía dispuesta a jugar en una liga mayor.
Desde los primeros compases de «Luces», el disco deja claro que aquí no hemos venido a perder el tiempo. Hay energía, guitarras con carácter y una voz que reclama su sitio sin pedir permiso. José Antonio Manzano se muestra como una pieza fundamental de esta nueva etapa, con una interpretación que encaja especialmente bien en ese heavy metal de la primera mitad de los ochenta, cuando los estribillos tenían que quedarse grabados en la memoria y las canciones debían funcionar tanto en el tocadiscos como delante de un público dispuesto a levantar los puños. Después llega «Crimen sin castigo», que mantiene la tensión y nos recuerda que BANZAI sabía combinar la contundencia con melodías reconocibles, algo que siempre he considerado una de las grandes virtudes de las bandas que realmente dejan huella. Porque hacer ruido lo puede intentar cualquiera; lo complicado es conseguir que una canción tenga personalidad, que te apetezca volver a escucharla y que, cuando suene de nuevo, sigas encontrando motivos para disfrutarla. Y eso es precisamente lo que este disco consigue en muchos de sus mejores momentos.
Con «Grita», el álbum encuentra otro de esos momentos que justifican su recuerdo entre los aficionados de aquella generación. El título ya parece una invitación a dejarse llevar, a soltar toda la energía acumulada y a disfrutar de un rock duro que no necesita disfrazarse de nada. A continuación, «No quiero esperar» mantiene ese espíritu directo, mientras que «Mr. Hyde» juega con una imagen más oscura y con ese gusto por los personajes y las historias que tantas veces ha acompañado al rock. Son canciones que se disfrutan mejor dejando a un lado los análisis demasiado minuciosos y prestando atención a lo que de verdad importa: cómo entran las guitarras, cómo responde la voz de Manzano y cómo se sostiene todo el conjunto. No hace falta conocer el nombre de cada recurso musical para reconocer cuándo una banda tiene hambre y sabe transmitirla. Y BANZAI, en este trabajo, transmite esa sensación de grupo que quiere demostrar que su renovación no ha sido un simple cambio de nombres, sino una apuesta seria por consolidarse en la primera línea del heavy metal nacional.
Llegamos entonces a «Duro y potente», el tema que da nombre al álbum y que funciona casi como una declaración de principios. Aquí está condensada buena parte de la personalidad que la banda quería proyectar en 1984: fuerza, actitud, guitarras protagonistas y una manera de entender el rock que no se andaba con demasiadas contemplaciones. Salvador Domínguez vuelve a recordarnos por qué su nombre ocupa un lugar destacado entre los guitarristas españoles de aquella época. Su manera de tocar tiene ese punto de exhibición que tanto disfrutábamos los aficionados al hard rock y al heavy metal, pero también la capacidad de poner la guitarra al servicio de la canción. No se trata únicamente de tocar rápido o de demostrar habilidad, sino de dejar una marca reconocible, de conseguir que unas notas tengan carácter y que el instrumento se convierta en una voz más dentro del grupo. Y eso, queridos lectores, es algo que siempre he valorado en los grandes guitarristas: que uno pueda reconocer su personalidad sin necesidad de mirar quién está detrás de las seis cuerdas.
La segunda parte del disco mantiene el pulso con «No pierdas el tren», una canción que refuerza esa sensación de urgencia tan propia del rock de aquellos años, antes de adentrarnos en la atmósfera más sombría de «Noche negra». Después aparecen «Traición» y «Se terminó», que completan un repertorio de diez canciones y cierran un álbum que, sin necesidad de ser perfecto en cada instante, tiene suficientes argumentos para defender su sitio en la historia del heavy metal español. La voz de Manzano es uno de sus grandes atractivos, aunque en algunos pasajes pueda dar la impresión de quedar algo por detrás de las guitarras. Aun así, su presencia resulta decisiva para la personalidad del trabajo, del mismo modo que la batería de Biosca y el bajo de Tibu proporcionan el armazón necesario para que las canciones avancen con firmeza. En cuanto a Danny Peyronel, su aportación al teclado y a los coros añade un color diferente en determinados momentos, aunque el protagonismo del álbum sigue recayendo claramente en las guitarras, la voz y la contundencia general de la banda.
También merece una mención la presentación del disco. La portada, ilustrada por Ángel Ortiz y diseñada por Rufino Vigil, forma parte de aquella tradición en la que la imagen de un álbum de heavy metal debía transmitir carácter antes incluso de colocar la aguja sobre el vinilo. Porque quienes vivimos aquella cultura musical sabemos que comprar un LP era mucho más que adquirir diez canciones: significaba llegar a casa, sacar el disco de la funda, detenerse en la portada, mirar los créditos y leer los títulos mientras sonaba la primera cara. Aquellos objetos tenían una presencia que hoy cuesta explicar a quien no haya vivido la experiencia. Y en un trabajo como Duro y Potente, la presentación acompañaba esa voluntad de consolidar una identidad propia para una banda que quería ser tomada en serio dentro y fuera de nuestras fronteras.
Visto con perspectiva, Duro y Potente representa un paso importante en la trayectoria de BANZAI. La renovación de la formación, el fichaje por WEA Records y la grabación en Ibiza reflejaban una ambición que iba más allá de repetir la fórmula del debut. El grupo buscaba consolidarse, sonar más contundente y aprovechar el momento de expansión que vivía el rock duro en España durante aquellos años. Sin embargo, también sabemos que la historia de BANZAI fue demasiado breve para todo lo que parecía prometer. Este segundo álbum acabaría siendo el último de aquella etapa clásica, y eso le otorga hoy un sabor especial: el de una banda que tenía talento, personalidad y posibilidades, pero cuyo recorrido discográfico no llegó a alcanzar la dimensión que muchos aficionados habrían deseado.
Y aquí es donde quiero terminar esta crítica, desde el cariño y la memoria de quien siempre ha sentido un respeto especial por aquella generación de músicos. Duro y Potente no necesita que lo vistamos con medallas ni que lo comparemos continuamente con los grandes discos internacionales para justificar su existencia. Tiene sus canciones, tiene a un Salvador Domínguez en plena forma, tiene la voz de un José Antonio Manzano que dejó una huella profunda en el heavy español (cuanto echo de menos a nuestro Coverdale patrio) y tiene esa energía genuina de una época en la que nuestros grupos peleaban por hacerse escuchar. Para quienes vivimos aquellos años, volver a este álbum es reencontrarnos con una parte de nuestra propia historia musical; para quienes lo descubran ahora, puede ser una buena oportunidad para comprobar que el heavy metal español de los ochenta tuvo mucho más que nostalgia y buenas intenciones. Tuvo músicos de verdad, discos con personalidad y bandas que merecen seguir sonando. Y BANZAI, con este Duro y Potente, nos dejó una prueba más que convincente.
En definitiva: un disco imprescindible para comprender una parte de aquella edad dorada del rock duro nacional, grabado con ambición, interpretado con carácter y defendido por una formación que tenía mucho que decir. Porque algunas bandas pasan demasiado pronto, pero sus canciones se quedan para siempre.



Comentarios
Publicar un comentario