Y después están esos discos que, cuando vuelven a sonar muchos años después, te devuelven de golpe a quien eras cuando los descubriste, discos que pertenecen a una época y otros que, directamente, son una época.
No hay piedad para los condenados pertenece a esa última categoría.
Pon el vinilo. Baja la aguja. Sube el volumen.
Y prepárate.
Porque Santa no viene a pedir permiso. No hay piedad para los condenados, el segundo trabajo de Santa, es uno de esos discos que, cuando vuelven a sonar muchos años después, tienen la capacidad de transportarte inmediatamente a aquel heavy español de mediados de los ochenta: vinilos, cazadoras vaqueras, camisetas negras, cintas grabadas y una escena que todavía estaba peleando por hacerse respetar.
Viene a recordarnos que hubo un tiempo en España en el que hacer heavy era mucho más que tocar (generalmente mal) guitarras distorsionadas. Era una actitud. Era una forma de vestir, de pensar, de mirar al mundo y, sobre todo, de no agachar la cabeza. Y si hablamos de Santa, hay una palabra que resulta imposible separar de este disco: Azuzena.
Porque podrá discutirse si No hay piedad para los condenados es más heavy, más rock duro o más melódico que Reencarnación. Se puede hablar de guitarras, teclados, producción o composiciones. Pero cuando entra la voz de Azuzena, todas esas discusiones pasan a un segundo plano.
Azuzena era Santa.
Hoy resulta difícil explicar lo que significaba escuchar heavy metal en España a mediados de los ochenta.
No había internet. No había Spotify. No había Youtube.
Había vinilos, había cintas de cassette que se grababan una y otra vez, había tiendas de discos, había revistas, había bares.
Y había chavales que se dejaban crecer el pelo, se ponían una camiseta negra y salían a la calle sabiendo perfectamente que más de uno iba a mirarlos como si acabaran de llegar de otro planeta.
En ese ambiente apareció Santa. Era 1985, y el mundo estaba cambiando.
Pero nosotros todavía necesitábamos guitarras, necesitábamos volumen.
Necesitábamos canciones que nos hicieran sentir que, aunque todo estuviera en nuestra contra, todavía quedaba algo por lo que luchar.
Santa tenía eso, y tenía a Azuzena. Un disco nacido en un momento de cambio
El disco apareció en mayo de 1985 editado por el sello de Mariscal Romero (Chapa Discos), apenas un año después de Reencarnación, aquel debut que había sorprendido a los aficionados al heavy español y que llegó a vender alrededor de 17.000 copias.
Pero Santa ya no era exactamente la misma banda.
La llegada de Miguel Ángel Collado a los teclados hizo que el grupo se alejase un poco del heavy más directo de su primer álbum para adentrarse en terrenos más melódicos y elaborados. Y eso, para algunos seguidores que esperaban otra dosis de Reencarnación, pudo resultar extraño.
Pero visto con perspectiva, creo que es precisamente ahí donde está parte del encanto del disco, porque Santa no intentó repetir la fórmula.
No hay piedad para los condenados conserva el carácter de una banda de rock duro, pero incorpora canciones más trabajadas, más melódicas y con una presencia importante de los teclados. El propio disco fue producido por Carlos de Castro, guitarrista de Barón Rojo, y se grabó en los estudios Sonoland de Madrid.
En 1985, el heavy español estaba creciendo, pero también estaba cambiando. Mientras unas bandas apostaban por endurecer todavía más su sonido, otras comenzaban a mirar hacia un rock más melódico. Santa se encontraba justo en medio de ese camino.
Si hay algo que hace que este disco siga teniendo personalidad después de tantos años es la voz de Azuzena.
No era una cantante que necesitara demostrar que podía cantar heavy porque su propia manera de cantar era heavy, su voz tenía algo que no se puede aprender en una escuela: carácter y personalidad.
No era perfecta en el sentido frío de la palabra. Era mucho más importante que eso.
Era reconocible. Podías escuchar dos segundos de Santa y saber quién estaba detrás del micrófono.
En Todo mi honor, que abre el álbum, aparece esa Azuzena poderosa, apasionada y con una forma de interpretar que convierte la canción en una declaración de intenciones. El tema arranca con fuerza y enseguida encontramos esa combinación de guitarra y teclado que marca buena parte del disco.
Después llega No eres suficiente, y aquí Azuzena vuelve a demostrar por qué su nombre merece estar escrito con letras grandes dentro de la historia del heavy español. No necesitaba competir con los cantantes masculinos de aquella época. Ella tenía su propio territorio.
Y qué decir de Sin compasión, ese título parece hecho para ella, Azuzena no cantaba las canciones de Santa como quien interpreta una letra. Parecía vivirlas.
Quizá por eso, cuando uno recupera este disco décadas después, hay algo de sus interpretaciones que permanece intacto
No hay piedad para los condenados no es un disco de una sola canción. Tiene once temas y aproximadamente 39 minutos de música.
Además de las canciones más conocidas, encontramos momentos diferentes que ayudan a darle personalidad al conjunto.
Solo eres tú baja un poco las revoluciones y deja que la melodía gane terreno. Intermezzo y Viena funcionan como pequeños descansos dentro del álbum, mientras que D'astaire Club, Levántate y Arma mortal recuperan distintas caras del Santa de aquella época.
Y llegamos a Huérfanos de la tormenta.
Para mí, uno de esos temas que explican perfectamente por qué merece la pena volver a este disco.Tiene ese punto de melancolía que tan bien funcionaba en el rock español de los ochenta y, sobre todo, vuelve a poner en primer plano a Azuzena.
Porque si algo hace grande a una cantante es conseguir que una canción siga emocionando cuando han pasado cuarenta años.
Es imposible hablar de Santa sin hablar de Azuzena.Y hablar de Azuzena sin levantar la voz.
Porque Azuzena no era simplemente "la cantante de Santa".
Azuzena era el alma, la cara y la herida abierta de aquella banda.
Tenía una voz que no necesitaba adornos. Una voz que podía sonar dulce durante unos segundos y convertirse inmediatamente después en un puñetazo.
Pero había algo todavía más importante:
Tenía personalidad, y eso, amigos, no se compra.
Puedes aprender a cantar, puedes mejorar tu técnica, puedes estudiar, puedes contratar al mejor productor. Pero la personalidad no se fabrica.
Azuzena la tenía, y cuando cantaba, se reconocía.
En una época en la que el heavy español estaba dominado mayoritariamente por hombres, ella no necesitó pedir sitio. Se lo ganó a base de garganta, actitud y cojones.
Sí. Cojones.
Porque hay que tenerlos para ponerse delante de una banda de heavy en 1985, coger un micrófono y decirle al mundo: aquí estoy.
"No hay piedad..."
El propio título del álbum parece una declaración de principios.
No hay piedad para los condenados.
Y mirando hoy aquella portada, uno entiende todavía mejor el mensaje.
En ella aparece Azuzena atada a un poste, representada como una mujer condenada a ser ejecutada en una escena que recuerda a las persecuciones de la Inquisición.
Vista hoy puede parecer una imagen propia de una época concreta, pero en 1985 tenía una fuerza enorme.
Y hay algo que me parece especialmente significativo: la mujer que aparece condenada en la portada es precisamente la mujer que estaba poniendo voz a uno de los grupos de rock duro más particulares de España.
No es una portada que simplemente acompañe al disco.
Es casi una metáfora de Santa.
Azuzena, atada, señalada, condenada… pero cantando.
Y eso encaja perfectamente con el espíritu de una artista que nunca pareció dispuesta a pasar desapercibida, porque aquella mujer que aparecía condenada en la portada era la misma que estaba poniendo voz a una banda que se negaba a caminar por el camino fácil.
Hay que volver a 1985, hay que ponerse aquellas botas, aquella cazadora, hoy podemos verla con cierta nostalgia, incluso con una sonrisa, pero sería injusto juzgarla con los ojos de 2026.
Es auténtica.
No intenta parecer moderna cuarenta años después.
Es un pedazo de 1985.
Y entonces entenderemos que aquello no era una pose.
Era nuestra vida. Y aquí viene la parte que más duele.
Porque mientras escuchamos hoy este disco sabemos algo que en 1985 nadie podía saber, sabemos que el tiempo de Santa iba a ser demasiado corto, que Azuzena terminaría abandonando la banda después de este álbum, y sabemos que aquella historia que parecía tener todavía tantos capítulos por delante terminaría dejando una discografía demasiado pequeña para una banda que tenía tanto que decir.
Demasiado pronto.
¿Qué habría pasado si Santa hubiese continuado?
¿Hasta dónde podrían haber llegado?
¿Qué discos habrían grabado?
¿Dónde habría estado Azuzena diez años después?
Son preguntas que no tienen respuesta.
Y precisamente por eso la historia de Santa tiene ese punto de leyenda.
No hay piedad para los condenados tiene casi cuarenta años, y aquí seguimos hablando de él.
Eso ya dice mucho, porque los discos pasan, las modas pasan, las tendencias pasan, y los grupos aparecen y desaparecen, pero algunos discos se quedan agarrados a la memoria de quienes los escucharon.
Y este es uno de ellos, no porque sea perfecto ni muchísimo menos, y desde luego no porque sea el disco definitivo del heavy español, sino porque tiene algo mucho más difícil de conseguir:
Tiene alma, tiene ese olor a vinilo viejo, a local de ensayo, a amplificador calentándose, a revista musical comprada en el kiosco, a cinta de cassette grabada de un amigo, a sábado por la tarde buscando discos en Madrid Rock, La Gramola, La Metralleta, o domingos de Rastro.
A noches hablando de música hasta que alguien decía:
"¿Has escuchado a Santa?"
Y entonces todo volvía a empezar.
Quizá el título del álbum sea No hay piedad para los condenados.
Pero si hay algo que el tiempo no ha conseguido condenar es la memoria de Santa.
Y mucho menos la de Azuzena.
Porque mientras haya alguien que coloque aquel vinilo en un plato, mientras alguien vuelva a escuchar su voz y mientras algún chaval descubra por primera vez que en España también hubo mujeres capaces de plantarse delante de una banda de heavy y partir la noche en dos, Santa seguirá viva.
Y Azuzena también.
Por eso, cuando vuelva a sonar No hay piedad para los condenados, no lo escuches como quien recupera un viejo disco, escúchalo como lo que realmente es:
Un pedazo de historia, la historia de una banda, la historia de una época.
La historia de una mujer que tuvo el valor de subirse a un escenario cuando todavía había demasiada gente pensando que el heavy no era lugar para ella.
Una voz, una actitud, una mujer. Una leyenda.
Y mientras haya heavy, habrá alguien dispuesto a gritar su nombre.
AZUZENA.



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