Hay discos que sirven para escuchar canciones y otros que te devuelven a una época, a una manera de entender la música y hasta a una forma de vivir los conciertos. Rock & Roll Circus, el doble álbum en directo que La Orquesta Mondragón publicó en 1985, pertenece a esa segunda categoría. Y precisamente ahora, cuando Javier Gurruchaga y su inseparable universo musical están celebrando por todo lo alto el 50º aniversario de la banda con una gira que está devolviendo a la Mondragón al primer plano de la actualidad musical española, parece el momento perfecto para rescatar este trabajo y recordar por qué estamos hablando de una formación irrepetible.
El éxito de esta celebración demuestra que todavía hay mucho público dispuesto a dejarse seducir por aquella mezcla de música, humor, provocación y teatro que convirtió al grupo en una de las propuestas más singulares de nuestra historia musical. Y la fiesta no se queda en nuestras fronteras: la gira también mira hacia el otro lado del Atlántico, con la intención de llevar el universo Mondragón a nuevos escenarios y demostrar que hay espectáculos que no entienden de edades ni de modas.
Para quienes vivimos aquellos años, cuando el rock nacional buscaba su propio espacio entre la explosión de la Movida, el pop más descarado y los sonidos más contundentes que llegaban de fuera, sabemos que Javier Gurruchaga y su peculiar troupe jugaban en una liga muy particular. La Mondragón nunca fue una banda fácil de encasillar, ni falta que le hacía. Tenía algo de grupo de rock, algo de cabaret, bastante de teatro y muchísimo de provocación, pero, por encima de todo, tenía canciones, músicos de categoría y un sentido del espectáculo que convertía cada actuación en algo mucho más grande que una sucesión de temas interpretados sobre un escenario.
Publicado en plena década de los ochenta y grabado durante las noches del 25 y 26 de abril de 1985 en Sevilla, este trabajo recoge buena parte de la esencia de una formación que había hecho de la sorpresa su principal seña de identidad. No estamos ante un simple recopilatorio con público de fondo, sino ante una auténtica declaración de intenciones: aquí hay rock and roll, humor, descaro, canciones con personalidad y una banda que se mueve con una soltura envidiable por territorios musicales muy diferentes. El repertorio recupera algunos de sus grandes clásicos, rescata piezas menos evidentes de su discografía y añade nuevas composiciones y versiones que demuestran hasta qué punto la Mondragón entendía el directo como un espacio donde todo podía suceder.
Si hay algo que sorprende al escuchar este disco con los años es la tremenda versatilidad de la banda, y el recorrido por las veinte canciones del álbum es también un repaso a la trayectoria de la banda durante sus primeros años. La Mondragón podía pasar de la chulería rockera de Garras humanas a la irresistible invitación de Viaje con nosotros, jugar con la picaresca de Caperucita feroz y Mis gafas, ponerse gamberra con Ponte la peluca o cambiar completamente de registro para enfrentarse a clásicos internacionales como Stand by Me, de Ben E. King, y Back in the U.S.S.R., de ese grupito, llamado Veateles (jejeje). El diablo dijo no, Feliz Navidad, Es la guerra, El hotel azul, Rufián, Bon Voyage y Bubble Bubble muestran distintas caras de una formación que había hecho de la variedad su mejor argumento, mientras que Es mi vida y Lola, Lola aportan ese punto de frescura que uno espera de un directo concebido para mostrar a la banda en plena actividad. Mención especial merece El hombre de los caramelos, adaptación de Satin Doll, el clásico asociado al mundo del jazz, que demuestra que la Mondragón podía jugar con materiales muy distintos sin renunciar a su personalidad.
Y ahí está una de las grandes virtudes de este doble directo: no importa demasiado de dónde venga cada canción, porque la banda consigue llevársela a su terreno sin que el conjunto parezca un revoltijo de estilos. Hay pop, rock and roll, guiños al jazz, melodías pegadizas y momentos de auténtica fiesta, pero todo responde a una misma filosofía: entretener, sorprender y demostrar que la música popular puede ser divertida sin necesidad de ser superficial. Lo mejor es que el disco conserva esa sensación de estar asistiendo a algo vivo, a un espectáculo que no se limita a reproducir fielmente lo grabado en estudio, sino que cobra una dimensión diferente ante el público. Gurruchaga canta, interpreta, juega con las canciones y se entrega a ese personaje de maestro de ceremonias que tan bien le sienta, mientras los músicos sostienen el tinglado con oficio y personalidad. Quizá no todas las piezas tengan el mismo peso ni todas las bromas hayan envejecido igual de bien, pero eso forma parte del encanto de una obra que retrata una manera de hacer las cosas sin demasiados filtros. A fin de cuentas, un directo también debe conservar las imperfecciones, los excesos y las peculiaridades que lo convierten en una experiencia diferente de la escucha doméstica. Y Rock & Roll Circus tiene precisamente ese sabor: el de una banda que sabe que el público ha pagado por escuchar música, sí, pero también por vivir una noche distinta.
Y, por supuesto, semejante invento no habría funcionado sin una banda a la altura del personaje que tenía delante. Porque Javier Gurruchaga es el gran maestro de ceremonias, el tipo que parece capaz de salir al escenario vestido de cualquier cosa, poner aquella expresión entre pícaro y desquiciado y convertir una canción en una pequeña representación, pero detrás de él hay músicos que merecen mucho más reconocimiento del que a veces se les concede. La guitarra de Raymond Gómez aporta músculo y carácter rockero, mientras que la participación de Josep Mas, más conocido como Kitflus, a los teclados añade una riqueza musical que ayuda a explicar esa facilidad para saltar de un estilo a otro. Son dos nombres fundamentales para entender el sonido de aquella gira, aunque el mérito, naturalmente, corresponde al conjunto de la banda (Jean Marie Ecay, Ian Anthony Riches, Esteban Coll, Angel Celada y Thierry Farrugia), y a su capacidad para acompañar los cambios de humor y de ritmo del espectáculo.
En esta aventura también hay que detenerse en la figura de Popotxo, el inseparable compañero escénico de Gurruchaga, cuyo trabajo como mimo y cómico era mucho más que un simple adorno entre canción y canción. Popotxo Ayestarán formaba parte de la identidad de la Mondragón, igual que los disfraces, las situaciones disparatadas y aquella manera tan suya de llevar el humor hasta el límite de lo absurdo. A su alrededor, el espectáculo podía incorporar personajes, intervenciones teatrales y toda clase de sorpresas, pero la música seguía siendo el motor de la función. Esa combinación explica por qué la Orquesta Mondragón resultaba tan distinta de otras bandas españolas de la época: no bastaba con tocar bien, había que saber contar una historia, provocar una carcajada y mantener al público pendiente de lo que iba a suceder después, y eso, no lo consigue cualquiera.
Y llegamos a la portada, firmada por Zumeta con fotografías de Cees Van Gelderen, porque sería injusto hablar
de este álbum sin detenernos en una imagen que encaja perfectamente con todo lo que contiene el disco. Su estética de colores ácidos, próxima al universo del arte pop y con ese aire que recuerda a los juegos visuales de Andy Warhol, deja claro desde el primer vistazo que aquí no vamos a encontrarnos con una banda de rock empeñada en posar con cara de pocos amigos. Javier Gurruchaga y Popotxo ocupan el centro de ese imaginario extravagante, casi caricaturesco, en el que el circo no es un simple reclamo comercial, sino una declaración de principios. La portada tiene algo de cartel de feria, de anuncio de una función disparatada y de invitación a entrar en un mundo donde lo cotidiano se transforma en espectáculo. Es colorista, provocadora y perfectamente coherente con una formación que nunca entendió el escenario como un lugar para quedarse quieta y tocar las canciones sin más.
Además, hay algo muy propio de aquella época en el formato físico de este doble LP. Quien haya pasado horas hojeando las carpetas de sus discos sabe que una portada también podía formar parte de la experiencia: la sacabas de la funda, examinabas los detalles, leías los créditos y te preparabas para escuchar las canciones como quien se dispone a disfrutar de una película.
En Rock & Roll Circus, la imagen y la música hablan el mismo idioma, y esa coherencia es un acierto que hoy sigue funcionando. No hace falta que la portada sea sobria ni que pretenda transmitir una supuesta seriedad artística; aquí lo que importa es que te prepare para el desmadre, el humor y la mezcla de estilos que esperan al otro lado del vinilo.
Este es, uno de esos discos que nos recuerdan que el rock español de los ochenta fue mucho más variado de lo que a veces nos empeñamos en recordar. Entre la solemnidad de algunos rockeros de la época y la ligereza de buena parte del pop comercial, la Orquesta Mondragón encontró un territorio propio en el que cabían las guitarras, las grandes canciones, la ironía, el teatro y una libertad creativa que hoy se echa de menos. Puede que Javier Gurruchaga se llevara buena parte de los focos, porque tenía carisma de sobra para ello, pero este álbum deja claro que detrás del showman había una banda solvente y una propuesta musical capaz de defenderse por sí misma. Y esa es la diferencia entre un espectáculo que vive únicamente de la imagen y otro en el que la música tiene suficiente entidad para sostenerlo todo.
Para quienes crecimos con aquellos discos, Rock & Roll Circus tiene además el valor añadido de funcionar como una pequeña cápsula del tiempo, una invitación a regresar a unos años en los que la música española se permitía ser descarada, inclasificable y hasta un poco irreverente. No hace falta que todas las canciones sean obras maestras ni que cada minuto resulte imprescindible: lo que permanece es la personalidad del conjunto, la capacidad de divertir y ese espíritu de celebración que atraviesa el álbum de principio a fin. Porque la Orquesta Mondragón no quería ser simplemente otro grupo de rock, y vaya si lo consiguió. Un doble directo con alma de circo, corazón de rock and roll y suficiente personalidad para seguir reclamando su sitio en la memoria musical de este país.
Y hoy, aquí, lo reivindico como merece: con una sonrisa cómplice, el volumen bien alto y la certeza de que, cuando una banda sabe tocar, sabe divertir y sabe sorprender, el espectáculo está garantizado.
¡Pasen y vean, que todavía queda Mondragón para rato!




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