Cuando Dani publicó su reseña del 1987 de Whitesnake, me sorprendí tanto como él de que ni ese álbum ni su sucesor estuviesen en el blog. Hubiese apostado a que así era. Luego, en los comentarios explicó que él también se había extrañado y tras investigarlo concienzudamente resultaba que Manu había retirado sus entradas. Tras la pertinente solicitud recibió el permiso para hablar de su copia del 1987 y en mi caso, después de obtener la autorización correspondiente, me he decidido por reseñar este Slip of the tongue.
Slip of the tongue: Expresión en inglés para el latinismo
lapsus linguae, que define un error del lenguaje hablado que se da
cuando uno dice una cosa que no era la que quería decir. Por supuesto, ese
no es el verdadero sentido de la expresión que da título a este álbum, que
se refiere a otro tipo de desliz lingual. Ya me entendéis.
Dicen que un buen líder es el que se rodea de estrellas para hacer más fuerte a su equipo y uno malo el que las aparta para que no le hagan sombra. Total, que estamos en verano de 1988 y tras las ventas multiplatino de 1987, el vocalista David Coverdale despide a John Sykes y afronta la posterior marcha de Neil Murray y Aynsley Dunbarr con la contratación de un nuevo line up con el que defender la obra en un tour internacional. Así, ficha a los para nada desconocidos Vivian Campbell y Adrian Vandenberg como guitarristas, a Rudy Sarzo como bajista y a Tommy Aldridge como batería (los dos últimos ya habían coincidido en tour en la banda de Ozzy Osbourne) con quienes gira por escenarios de medio mundo. Pero a la hora de entrar en el estudio para grabar un nuevo disco –la presión tenía que ser enorme, imaginad– Campbell abandona el grupo (se dice que por el mal rollo que había provocado una pelea de su pareja con Tawny Kitaen, la absorbente novia de Coverdale) y Vandenberg se lesiona la muñeca. Vaya por Dios. Las malas lenguas dicen que simplemente no tenía ni el carisma ni el nivel a las seis cuerdas que Coverdale quería para superar a Sykes por lo que pese a su valía como guitarrista y compositor, se imponía conseguir un guitar hero que diese a la banda un empujón para superar o al menos igualar el éxito de 1987.
Y ahí estaban el fantástico
Steve Vai y su enorme talento.
El joven, educado por Frank Zappa, graduado en Alcatrazz y con
un master en espectáculo junto a
David Lee Roth era reclutado por
David Coverdale, no por sus florituras y solos ampulosos sino –según el vocalista– por la
presencia escénica que desprendía en Crossroads, la película de
Walter Hill protagonizada por
Ralph Macchio. Ay David, qué cosas dices.
Coverdale ofreció a Vai un millón de dólares de 1988 (unos 3 millones actuales) para que le ayudase a grabar el disco y le acompañase en la gira de presentación del mismo y Vai, que necesitaba dinero para dar forma a su propio proyecto personal, aceptó encantado. Además, le dio carta blanca para hacer lo que quisiese. ¿Qué podía salir mal? Adrian Vandenberg había compuesto junto a Coverdale el esqueleto de buena parte de los temas que irían en el álbum, con rítmicas de guía y algunas bases grabadas, pero distaba mucho de tener un material que pudiese superar lo hecho por Sykes. Y al igual que aquel no intentó replicar el sonido de Micky Moody y Mel Galley, Vai tampoco se fijó en Sykes para dar color y brillo a su interpretación.
Así pues, Coverdale, Sarzo, Aldridge y Vai, con la ayuda de los teclistas Don Airey (Colosseum II, Rainbow, Ozzy Osbourne), David Rosenthal (Rainbow y antiguo compañero de Vai en el Berklee College of Music), Alan Pasqua y el candiense Claude Gaudette más la colaboración a los coros del gran Glenn Hughes, Richard Page (Mr. Mister) y el omnipresente Tommy Funderburk, dieron forma en los estudios neoyorquinos The Record Plant con Mike Clink y Keith Olsen a la producción a este Slip of the tongue que hoy os presento y que con portada de Hugh Syme –lo que tienen las modas, no había disco importante en la época que no contase con él para resultar atractivo– llegaría a las tiendas como el hijo tonto de la familia, el hermano torpe del quarterback del instituto, es decir, una decepción en proyecto. Y es que por mucha laca, tinte, lentejuelas y solos rimbombantes que vistiese ¿cómo podía superarse en poco más de un año un disco que había reventado las emisoras y vendido 25 millones de copias? Ni San Steve Vai era capaz de eso. Pero no nos engañemos, Slip of the tongue es un discazo. Vaya si lo es. Veamos.
El discarral comienza de manera grandilocuente con una obertura de teclados a los que no tardan en unirse el resto de los instrumentos. De esa manera se inicia Slip of the tongue, el tema que da título al disco (de mis preferidos y uno de los cuatro que de por si justifican la compra y disfrute de la obra) con un primer riff en el que ya se dejan entrever las filigranas que nos irá regalando Vai en cantidades industriales a lo largo del álbum. La base rítmica es una pasada y Coverdale a las voces desprende chulería y fuerza. Mención aparte merece el solo, de alucine y típicamente Vai. Con una atmósfera más hard bluesera pero con mucha energía y un sonido que recuerda a lo hecho por Vai con David Lee Roth llega Cheap an’ nasty. La verdad es que el trabajo del guitarrista impregna cada surco del disco, pero con protagonismo del resto de intérpretes, sobre todo la voz de Coverdale que es lo suficientemente carismática y potente como para otorgar al álbum de una cohesión como banda, algo que no ocurriría en el estupendo disco que grabaría con Page.
La versión de
Fool for your loving es menos
bluesy que la original, pero mantiene su esencia y le aporta un extra
de músculo. Now you’re gone es
de esos temas resultones, muy radiables, que no tienen nada en particular
que destaque especialmente pero que quedan redondos, para qué pedir más. Y
termina la cara con
Kittens got claws, un potente hard rock con el que es imposible no menear la
cabeza.
Damos la vuelta al vinilo y llega otra imprescindible para mi gusto,
Wings of the storm, enérgica aunque con teclados que le aportan una atmósfera grandilocuente
y guitarras rápidas, con muchas capas de sonidos marca de
Steven Siro Vai. El solo –o solos, ya que son varios en uno– es de campeonato. Temarral.
Le sigue The deeper the love, segundo single del álbum y de esas power ballads pastelosas
que con buenos músicos y producción inmaculada uno no puede decir que sean
malas pero que me generan cierto rechazo. Todo lo contrario que la soberbia
Judgment day y su potente inicio
de batería, un medio tiempo pesado que avanza arrastrándose como un
voluminoso reptil mientras
Coverdale le imprime sentimiento
a sus líneas vocales y
Vai hace... bueno, lo que sabe
hacer magistralmente.
Luego tenemos Slow poke music, de nuevo un hard rock directo y (casi) sin artificios que tras lo
escuchado y antes de lo que está por venir queda un poco infravalorado pero
que, por ejemplo, tiene un trabajo de batería estupendo por parte de
Aldridge que hay que remarcar.
La guinda la pone la cuarta imprescindible de mi lista particular, épica,
emotiva, con un inicio suave que va evolucionando hasta ese
grand finale que convierte a este disco en una obra maestra, a veces
creo que incluso por encima de su predecesor, mirad lo que os digo. Ambos,
Vai y
Coverdale, se salen en Sailing ships, la mejor del disco para mi gusto.
En fin, un enorme álbum en mi opinión que se vio ensombrecido por un disco
de nivel comercial estratosférico que ni sus autores esperaban alcanzar
–gracias a Sykes, algo nunca suficientemete reconocido y agradecido por
Coverdale– y a veces es tratado injustamente como una rareza que no tiene el sonido
de hard blues rock al que se acostumbra a asociar a
Whitesnake. La verdad es que, visto el resultado, no me importa en
absoluto.
¡Feliz viernes!
@KingPiltrafilla
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