Le debo mucho a
este disco. Y es que, en nuestra formación musical, los primeros discos que uno
escucha cuando se adentra en el mundo de la música popular marcan para siempre.
Independientemente de que los gustos vayan cambiando, o ampliándose, esos
discos siempre serán los “primeros”, y ocuparan siempre ese lugar tan exclusivo
en nuestra memoria.
En mi caso, mi
entrada a la música adulta, tras un paso inicial por el “Rock and Ríos”, de
Miguel Ríos, fue el “Powerslave” de Iron Maiden. El primer disco que entró en
mi casa (propiedad de mi hermano mayor) fue el “Powerslave”. Y a partir de ahí,
mi siguiente regalo de cumpleaños fue un pedido en Discoplay que incluía el “Piece of Mind”. Ahora que lo pienso, que suerte haber coincidido con lo que yo considero
la edad de oro del Heavy.
La influencia de
los hermanos o primos mayores también suele ser un factor decisivo en la educación
musical. En mi caso, es este último fue quien me proporciono (grabados en cintas),
en vista de mis incipientes gustos musicales, algunas obras de incalculable
valor: “Made in Japan”, de Deep Purple, y el primero de Maiden. No está mal
para un chaval de 10 años que comienza a descubrir el heavy, ¿no? Por la misma
época, un amigo de mi primo le prestó dos discos que yo también me grabaría en sendas
cintas: “If you want Blood” de ACDC, y el disco que hoy ocupa estas líneas: “Long
Live Rock and Roll”, de Rainbow.
A decir verdad, yo
ya había descubierto a DIO con su video “The last in line”. Aquel en el que un
chico descendía a un mundo tenebroso tras caerse el ascensor que ocupaba. Reconozco
que me daba miedo montarme en los ascensores tras ver ese video. Y alguien ya
me había explicado que ese tal “Ronnie James Dio” había sido cantante de un
grupo que se llamaba Rainbow. También alguien me explicó que ese mismo
guitarrista que tocaba en el “Made in Japan” era también el de Rainbow.
Así que esa cinta
con el disco de Rainbow giró sin parar en el walkman y en el cassette durante
mucho tiempo. Y el enamoramiento fue total. Su sonido, sus melodías, esa voz, y
esa guitarra, fueron integrándose en mi cerebro. Había algo especial en este
disco. Había magia. No sé explicarlo de otra manera. Esa cinta formo parte de
mi escasa colección de cintas durante varios años.
Cuando fui
creciendo, mis gustos musicales fueron ampliándose, pero nunca renegué de mis
gustos anteriores. El perímetro de descubrimientos musicales se iba ampliando, y
esa cinta, poco a poco, iba dando paso a otras novedades musicales de
diferentes estilos.
Cuando me fui de
casa a estudiar fuera, esa cinta no formó parte de esa selección que uno hace
para acompañarle en sus años de estudiante. Ahora uno puede llevar toda la
discografía en un móvil, pero en esos años había que elegir. El caso es que, en
una de mis vueltas a casa, me dio por revisar cintas que se habían quedado
guardadas en mi habitación. Puse esa cinta y noté algo que pocas veces he
sentido. Algo me hizo “click” en el cerebro. Una mezcla de placer y emoción, a
un nivel que pocos discos me han provocado nunca. Fue un impacto tal que noté
como ese “sonido” del “Long live R'n'R” estaba tan anclado en mi cerebro que es
como si ya formase parte de mí. Claro, ese sonido me era tan familiar que yo lo
percibía como algo “mío”.
Este disco es para
mi como ese viejo amigo con el que, por diversas razones, uno pierde el
contacto, pero que cuando te lo vuelves a encontrar de casualidad, es como si
nunca hubiera pasado el tiempo, por muchos años qua hayan pasado. Ese lazo que
os unía, en realidad, era tan fuerte que nunca se ha perdido, y lo único que
haces es darle un abrazo, recordar los viejos tiempos, y poneros al día de vuestros
temas.
Cuando uno va creciendo, y va aprendiendo de historia del rock, de música, de sonido, va poco a poco entendiendo el porqué de la excelencia de este disco.
Ya de entrada, esa
voz inconfundible pertenece a uno de los grandes mitos de la historia del rock:
Ronnie James Dio. Su afinación, su potencia, sus adornos vocales (armonías,
giros vocales, rellenos), su articulación: todo es perfecto. Creo que nunca he
escuchado a Dio cantar con tanta convicción como en este disco, quizás igualado
con el “Heaven and Hell” de Black Sabbath.
Y qué decir de
Ritchie Blackmore. Una leyenda de la guitarra. Algún día se le reconocerá en su
justa medida su aportación al mundo de la guitarra eléctrica. Sus ligados y su digitación
son impecables, y marca de la casa. Porque cuando escuchaba la guitarra del “Made
in Japan”, y lo comparaba con la guitarra de este disco, uno no tenia duda de que
era el mismo guitarrista. Lo que muestra de manera inequívoca que se trata de
un estilo único, inconfundible.
Al que yo no conocía
cuando descubrí este disco es a Cozy Powell. Ahora mismo es mi batería favorito
de la historia del rock. Una maravilla escuchar esa mezcla de potencia,
habilidad, precisión, y matices. Muchos matices. Unos cuantos años después entendí
la importancia de Powell en la forma en la que suenan las canciones en este
disco. Y es que es de los pocos baterías capaces de mezclar pegada con sutileza.
Ahora, con el tiempo, ya soy capaz de escuchar la tremenda cantidad de detalles
que la batería aporta en todos los temas. Por algo ha sido un batería solicitado
por todos los grandes (Jeff Beck, Whitesnake, Gary Moore, Black Sabbath, Brian May,
…).
El cuarto pilar
sobre el que se sostiene la grandeza de este disco es la producción, realizada
por otro mito del rock: Martin Birch. Conforme iba teniendo todos los discos
originales que he nombrado al principio (“Powerslave”, “Piece of Mind”), y descubría
a otros grupos (Black Sabbath, Whitesnake, Deep Purple, Jeff Beck, ...) veía que
ese nombre se repetía. Es más, algunos de los discos de los que mas me gustaba
el sonido (los citados de Iron Maiden, o el “Heaven and Hell” de Black Sabbath)
llevaban su firma. Incluso el “Rising”, el anterior disco de Rainbow, también
tiene su sello. Pero el caso es que esta producción es diferente a las otras
que he citado. Incluso si uno compara el sonido del “Rising” con el “Long Live
RnR”, son sonidos diferentes. El sonido del “Rising” es un sonido apabullante,
directo, limpio, nítido. También es una de mis producciones favoritas de todos
los tiempos. Sin embargo, la producción de este “Long Live RnR” tiene un matiz
diferente. Es como si al sonido del “Rinsing” se le hubiera puesto un tapiz,
que hace que el conjunto de sonidos tenga un color diferente. Algo más apagado,
como si hubiera una especie de niebla “mística” en el aire. El caso es que es
una producción única, muy personal. No se parece a la de ningún otro disco, ni
siquiera a otras producciones de Birch. Otro de los aspectos que dan personalidad
a este disco, y que le dotan de un sonido inconfundible (sería capaz de reconocer
este disco tan solo escuchando un segundo de cualquier canción).
La forma de abrir el disco es absolutamente antológica. Para mi gusto, el mejor himno que se ha escrito jamás al Rock and Roll (así, en términos generales). Me sigue emocionando como la primera vez que la escuché. Ese redoble de Powell para abrir el disco es formidable, pero, además, fijaos como la batería empuja y sostiene toda la canción. Por otro lado, nada funcionaría igual sin esos arreglos de guitarra, el solo, marca de la casa de Ritchie, y la voz apabullante del maestro Ronnie. Amigos, hablamos de una canción mítica.
Con el “Lady of the
lake” comienzan a adentrarse en en ese terreno en el que son especialistas: aires
místicos, de leyendas, seres mitológicos, … y es que lo clavan. Ese ambiente
misterioso se acentúa en parte gracias a esos arreglos de guitarras que se
escuchan de fondo en las estofas, que luego es sustituido por un teclado cuando
entra el estribillo. Ya habían hecho algo parecido en el tema “Stragazer” del “Rising”.
Mezclando ese sonido de teclados que se asemeja a unos coros humanos, y la
guitarra “slide” de Blackmore.
“L.A. Connection”
nos ofrece un riff pesado. Por primera vez podemos apreciar el bajo en todo su
esplendor, marcando el ritmo de manera precisa (hasta ahora no había nombrado a
Bob Daisley). Aunque la canción comienza con un tono “heavy”, la entrada del piano
y los coros de Ronnie le dan un toque más roquero a la canción.
Ahora sí, llega uno
de esos momentos míticos del disco. Una de las obras maestras de la discografía
de Rainbow: “Gates of Babylon”. Casi siete minutos de épica y misterio, con una
intro de sintetizador absolutamente antológica (David Stone a los teclados).
Con esta introducción se sientan las bases para un viaje místico a Babilonia. Atención
al trabajo de los teclados en toda la canción. No solo la intro, sino que los
acordes en el puente (nuevamente con unos sonidos de órgano dando un toque
grandilocuente), y unos arreglos de sintetizadores al llegar al estribillo le
aportan ese toque especial. Pero el sonido tan exótico de esta canción es
debido básicamente a la escala utilizada para el riff de guitarra de Blackmore:
la escala frigia de Mi. Eso es precisamente lo que le da un color especial a la
canción. Y es que eso de introducir escalas exóticas en el sonido del rock es
algo que Blackmore ya había hecho anteriormente (por ejemplo, en la ya citada “Stargazer”),
pero en general, es una de las razones de la importancia de Blackmore en la
guitarra eléctrica. La utilización de escalas exóticas y poco comunes para numerosos
riffs, tanto en Purple como en Rainbow. Es la razón de que esta canción suene de
esa manera tan especial, y no hace situarnos directamente en plena Babilonia. ¿Y
que me decís del final con el violín, tocando esa melodía con toques
orientales? “Gates of Babylon” es una de las grandes joyas de la historia del
rock. He dicho.
No hay descanso,
porque vuelve el tono épico, ese de historias medievales, de castillos, de
reyes: “Kill the King”. Una canción que ya había aparecido en su “On stage”,
pero con un comienzo diferente. Aquí con unas armonías en la guitarra marca de
la casa. Un riff con un ritmo frenético, y una batería majestuosa. Os pido que
os fijéis en los cortes y rellenos de la batería, y en ese bombo acelerado, que
en algunos momentos puntuales parecería más un doble bombo. ¿El pueblo se
revuelve contra su rey, o más bien se trata de una partida de ajedrez? Leí hace
tiempo que fue más bien esta última la inspiración para esta canción por parte
de Dio.
Nuevamente un ritmo
“pesado”, de esos de agitar la cabeza, para “The Shed”. Un ejercicio de hard
rock ortodoxo, interpretado con maestría. Y es que, que importantes fueron los Rainbow
para el nacimiento del “Heavy Rock”.
“Sensitive to Light”
nos introduce nuevamente en uno de esos riffs “Blackmorianos”, con subidas cromáticas,
armonías guitarreras, y momentos épicos (hacia la mitad de la canción”, que
muestra nuevamente una de las grandes virtudes de este guitarrista.
Curiosamente, la última canción del disco, “Rainbow Eyes” la descubrí cuando me compré el vinilo, porque cuando de crío me grabé el disco, solo tenía disponible una de las caras de una cinta. Por una cara había grabado el primero de Iron Maiden (sin una de las canciones), y este lo grabé en la otra cara, y claro, tampoco cabía entero. La cinta se acababa en el “Sensitive lo light”. Burradas que hacía uno cuando era crío. Esta es una composición delicada, emocionante, con la participación de un cuarteto de cuerda, y una flauta. Un tema que, personalmente, me lleva directamente al “Catch the Rainbow” del “Ritchie Blackmore’s Rainbow”.
Con este disco se completa una trilogía mítica, junto con “Ritchie Blackmore’s Rainbow” y “Rising”. De esas de escucha obligatoria. Y si alguien se quiere animar, la pareja Ronnie / Ritchie también dejo un directo para la historia: “On stage”.
He intentado
justificar de manera objetiva mi admiración hacia este disco, pero quizás estoy
intentado justificar lo injustificable. En realidad, no se puede explicar. Simplemente
siento que este disco merece un sitio de honor en mi top particular de “discos
de mi vida”, y eso no hay datos objetivos que los justifiquen. Solo le encuentro
una explicación: este disco es épico, grandioso, misterioso, exótico, y, sobre
todo, tiene “magia”.
Larga vida al Rock and Roll.
Un saludo.
Ruben Diskobox










Comentarios
Publicar un comentario