Tras un parón, retomo la serie de
esos tres discos que me introdujeron al mundo heavy y a ver si soy capaz de trasmitir
mínimamente lo que quiero. Porque ya he borrado dos o tres veces la entrada al
no gustarme nada cómo quedaba.
Este trabajo de Coverdale y los
suyos fue un descubrimiento aún mayor que el Slippery y Final Countdown para un
adolescente (estamos hablando de alrededor de quince años) un poco ñoño.
Porque, si Bon Jovi eran los chicos guapos del instituto y Europe los suecos
del teclado interplanetario, Whitesnake con este disco representaban otra cosa:
la sensación de que aquello era más adulto, más peligroso, más macarra. Qué
cojones, más sexy. Y no sólo por una música más contundente y cargada de electricidad,
sino también por la imagen construida alrededor de la sensualidad y el exceso
(sin llegar al desfase de Mötley Crüe, por ejemplo). A eso también ayudaron los
videoclips, con una carga de erotismo que para los que éramos chavales,
resultaba casi tan impactante como los propios riffs. Bon Jovi y Europe te
invitaban a la fiesta. Whitesnake te llevaba a la habitación del hotel donde se
celebraba el after. Y a esa edad en la que yo no entendía aún demasiado bien la
trayectoria de David Coverdale y que aún estaba aprendiendo las diferencias
entre el hard rock y el blues rock, ya le otorgaba un aura casi mítica al
grupo. Imaginad cuando luego navegué entre los discos anteriores de ellos que
atesoraba mi hermano (spolier: no me parecieron el mismo grupo, pero me
gustaron más, mucho más, pero claro, los bigotones de los músicos de aquellos discos no tienen comparación estética con las melenas de los intérpretes de esta época tardo ochentera).
Poco sentido tiene en estos lares
profundizar en la historia de Coverdale y Whitesnake, porque todos la conocéis
mejor que yo. Un resumen rápido para los que lleguen aquí de casualidad sería contar
que Coverdale llevaba años dejándose la piel en los escenarios y los estudios,
tras pasar por Deep Purple, montó Whitesnake, grupo británico de blues rock con
ramalazos hard rock clásico y gotitas soul que obtuvo éxito y respeto en sus
islas, pero sin el reconocimiento internacional que anhelaban (hablamos de USA, donde el
dinero fluía de las fuentes). Y tras varios cambios de formación, problemas de
salud y de gestión y una cierta dificultad para encajar en las modas del
momento, el bueno de Coverdale tomó una decisión que le cambió la vida para
siempre: abrazar el cardado, la laca y hard americano buscando el sonido y el
disco capaz de convertirlo en un fenómeno mundial. Y ese disco acabaría siendo
este 1987.
Para darle esta nueva dirección a
su grupo, Coverdale reclutó al joven guitarrista, recién salido de Thin Lizzy y
Tygers of Pan Tang, John Sykes. Sykes no sólo afiló el sonido de la guitarra, sino
que su peso compositivo en el álbum fue tan importante como conflictiva su relación con Coverdale. De hecho, David dijo que había un gran
potencial y creatividad entre ellos pero que, a nivel personal, era como un choque de trenes. Y aunque el proceso de composición empezó en 1985, Coverdale tuvo que
ser operado tras una infección en los senos nasales y estuvo medio año rehabilitándose
sin garantía de recuperar su voz por lo que la grabación fue un auténtico desafío.
Sykes, el bajista Neil Murray y el batería Aynsley Dunbar grabaron sus partes
con el productor Mike Stone en Londres mientras que Coverdale grabó sus voces con
Keith Olsen, que sustituyó a Ron Nevison, que no consiguió darle el sonido que
quería el cantante. Una vez grabado el disco, Coverdale despidió a todos los
músicos y contrató nuevos. Al guitarrista Adrian Vandenberg le dio tiempo a
grabar las guitarras para la nueva versión del “Here I go again” pues Sykes se
negó al no gustarle el nuevo sonido del tema.
Dejémonos de historietas que, a
poco que busques, encontrarás mucho mejor contadas en miles de páginas de
internet, y hablemos de la música.
Y no voy a empezar por el primer
corte, sino por la canción que me descubrió el nuevo mundo Whitesnake que os he
comentado al principio. “Still of the night” fue el primer tema que escuché. O
casi mejor dicho, que vi. Porque el videoclip está íntimamente ligado a mis
sensaciones con esta canción. En su momento no vi la evidente influencia de Led
Zeppelin porque no conocía a Led Zeppelin. Pero hubiese dado igual pues creo
que es una canción con una personalidad suficiente para mantenerse por si misma.
Esa intro de guitarra (que en el clip coincide con la aparición de la diosa
Tawny Kitaen secándose el sudor) para un arranque enérgico y casi amenazante, cómo Coverdale crea tensión que va creciendo
poco a poco hasta que explota en uno de los riffs más demoledores de todos los ochenta.
En el clip seguimos con imágenes de la entonces pareja de David, Kitaen y las
poses provocadoras de los músicos. Boca abierta ante la TV y asociando el heavy
o hard rock al sexo por primera vez. Vale, aparte de aquello que tuve que sentir
en su momento, si analizo ahora el tema, creo que me sigue cautivando la
sensación de fuerza que se transmite, todo parece llevado al límite: la voz
rasgada y teatral de Coverdale, los monumentales coros, la producción
gigantesca, el trabajo a las seis cuerdas de Sykes (aunque en el clip tenemos a
Vandenberg), ese intermedio y el solo de chelo que se marcan a la mitad de la
canción y otra vez el subidón. Por cierto, un tema de más de seis minutos que a
día de hoy mantiene intacta buena parte de su magia. Vuelvo a incidir en la
parte visual que fue la que me llamó la atención en aquel momento, un clip que
juega con una fotografía de claro-oscuros, Coverdale en un andamio como si
estuviese cantando delante de la luna, la banda como si estuviese poseída y la
presencia de Twany Kitaen, creando una atmósfera seductora, exagerada y muy
ochentera, todo hay que decirlo. En fin, un arma creada para dejar de ser una
banda británica de blues rock para convertirse en otra diseñada para conquistar
estadios y listas de ventas. Y para cambiar para siempre mis gustos musicales
(bueno, para ampliarlos).
Vale, ahora ya estamos preparados
para pinchar el disco desde su primera canción ya que así fue mi proceso:
esperar a que mi hermano no estuviese en casa y pinchar su copia en el
tocadiscos desde el principio una vez que quedé obnubilado por su primer single. Y la primera canción es “Crying in the rain”, canción
perteneciente al magnífico Saints & Sinners del 82 que, afortunadamente, no
conocía con anterioridad (porque todas las regrabaciones que hizo Coverdale me
terminan gustando menos que las originales). Aquí la canción parece el típico
tipo de gimnasio al que hace tres meses que no ves y que ha hecho un ciclo de
esteroides anabólicos en ese tiempo: vuelve completamente musculada y convertida en un
auténtico monstruo de hard rock, con un riff descomunal y una sección
instrumental que permite que la banda luzca ese músculo. Ganamos potencia,
dramatismo y espectacularidad a costa de perder la calidez blusera y el
sentimiento de desgarro de la original, mucho más sencilla y orgánica. Si aquella
su hábitat era un garito lleno de humo y vasos de whisky, esta versión nueva
está hecha para que suene en un estadio. Hace tiempo leí una frase que se me ha
quedado para siempre: la versión original lloraba bajo la lluvia y la de 1987
desafía la tormenta. Segundo corte para “Bad boys”, menos compleja que las
anteriores, pero igual de eficaz, con el exceso ochentero de riffs y coros
enormes. Nada nuevo pero efectivo. El tercer corte es “Still of the night”. Ya he hablado bastante de
él. Y cierra la primera cara el tercer single, que fue el único número uno de
los extraídos, por lo que podríamos decir que es la más icónica del grupo. Otra
versión de un tema editado en el Saints & Sinners, “Here I go again”. Como
he dicho en el “Crying in the rain”, la original tenía un aire más blusero y
melancólico. Pero aquí lo revitalizan, lo hacen más directo, más poderoso, con
un estribillo irresistible. Y de nuevo, un clip con Twany Kitaen icónico. Y, de
nuevo, mi boca abierta delante del televisor. Otra cosa no, pero el tito
Coverdale, reconvertido con los años en la tita Asun, sabía lo que hacía.
Le damos
la vuelta al vinilo y nos encontramos con “Gime me all your love tonight”, puro
hard rock, ritmo contagioso, Sykes en su top y Coverdale aullando como nunca.
Fue el cuarto single y a mi me gusta mucho. Posiblemente sea la que suena más
cercana a su pasado si no tenemos en cuenta el solo de Sykes. Y, a
continuación, uno de los mayores himnos de la década de los 80, la balada “Is
this love”, que sólo llegó al número 2, aunque es la canción que TODO el mundo
conoce del grupo. Las malas lenguas cuentan que inicialmente fue escrita para
Tina Turner, pero no me lo creo. Balada elegante, sin ser empalagosa como otras
baladas coetáneas: cómo es posible que un estribillo tan perfecto no existiese
antes. La típica canción por la que cualquiera se compra un disco y luego
descubre que el resto es heavy, jaja. Y qué decir del video con la actriz Twany Kitaen,
que se hizo famosa poco antes en la película de un joven Tom Hanks titulada en España
“Despedida de soltero”, además de ser conocida en el mundo del hair metal por haber protagonizado la portada del disco de Ratt, Out of the cellar, así como el clip de "Back for more", aparte de su relación sentimental con Robbin Crosby, el guitarrista del grupo. El romanticismo de la canción y del video contrastan
con el final abrupto y caótico de la relación (matrimonio) que compartieron
Twany y David. Volvemos a pisar el acelerador con “Children of the night”,
fantástico coro, energía exudando en cada nota. Parece que estás viendo una
persecución en moto: “Are you ready to rock???”. “Straight
for the heart” nos mantiene arriba. Parece una obra menor, pero
encajaría perfectamente en el Saints & Sinners bajándole un poco de
rapidez. Y reconozco que, a veces, me da pereza pinchar esta cara B por no
volver a oír el magnífico a la vez que cansino “Is this love”. Pero me acuerdo de que las otras cuatro canciones
que la acompañan son cojonudas y se me quita la idea de la cabeza. Porque para
cerrar el vinilo nos reservan “Don´t turn away”, que no entiendo como no fue
siquiera single.
En versiones
Cds, o reediciones, se incluyen otros dos temas. Uno es la preciosa balada “Looking
for love”, totalmente estilo Coverdale. De hecho, el propio David siempre ha
dicho que es una de las mejores canciones que compuso con Sykes, pero se cayó
de la versión vinilo por preferencias de la discográfica. Y la hard rockera “You’re gonna break my heart again”. Dos
canciones que no son morralla ni relleno en absoluto.
Es cierto
que 1987 es hijo de una época determinada muy concreta. Pero también lo es que
sigue sonando enorme. ¿Por qué? Porque quizás bajo las capas de laca,
pantalones imposiblemente ajustados y videoclips MTV, había canciones de
verdad. Porque quizás Sykes fue el contrapunto perfecto a Coverdale que nunca
volvió a cotas tan altas compositivas. O porque en mi cabeza se confunde la
calidad de la música con los recuerdos y lo que sentía en su momento. El caso
es que no pude evitar que este vinilo fuese uno de los primeros de segunda mano
con los que me hice desde que me volvió la fiebre vinilera.
Ah sí, lo que ya os he comentado
un poco por ahí arriba, cuando hubo que salir a defender este disco en giras,
Coverdale echó a todos los músicos y contrató a los guitarristas Adrian
Vandenberg y Vivian Campbell, al bajista Rudy Sarzo y al batería Tommy
Aldridge. El disco nunca fue número uno pues no pudo desbancar a U2, Whitney
Houston o Michael Jackson, pero las ventas estimadas son de 25 millones de copias
en todo el mundo. Uno de los grandes discos del hard rock comercial de los ochenta.
En el 89 vendría el Slip of the tongue, que también tengo en vinilo, con la
espectacular a la par que controvertida, presencia de Steve Vai, que no trajo
aparejada la misma magia que este trabajo.
Porque, qué queréis que os diga:
casi cuarenta años después me sigue siendo imposible escuchar “Still of the night”
sin poner cara de tipo duro.
Larga vida al rock and roll. Larga vida
a la música. Nos leemos.


Comentarios
Publicar un comentario