Lo han explicado más de una vez los propios protagonistas. Este disco fue grabado de una manera inapropiada. Entre el éxito del anterior Lovedrive, que les llevó, por fin, a un gran tour por Estados Unidos y a su primer disco de oro, hasta que editaron el siguiente, Blackout, no pararon de girar. De hecho, dedicaron seis semanas a recoger el grueso de este Animal magnetism en dos estudios diferentes. Esa prisa los llevó a tener menos canciones terminadas de lo habitual y a no poder valorar en el propio estudio su trabajo. Si le sumas que, intentando adaptarse a los “nuevos” oídos yanquis, endurecieron su propuesta con canciones algo más rápidas y rudas, pero también menos complejas, quizá más directas para las radios, de escucha sencilla, tienes esa inmediatez, ese puñetazo en la mesa que Animal magnetism ocupa en la discografía de aquellos Scorpions. ¿Un disco de transición? Quizá en el mismo sentido que lo fue el anterior Lovedrive, un viaje desde los sonidos con Uli Jon Roth hasta el éxito masivo que consiguieron en el siguiente Blackout.
El disco lo produjo as usual Dieter Dierks en sus propios estudios en Colonia, Alemania del Este, y en Manta Sound, en Toronto, Canadá. Cuando los muchachos llegaron a grabar había obras en el Studio 1 (el grande) y se tuvieron que conformar con el Studio 2 (el pequeño) y la compañía de los obreros. No tenían tiempo; la gira promocional comenzaba en unas semanas ¡y ni siquiera habían grabado una nota!
En este álbum hay dos canciones grandiosas que caben en cualquier concierto de grandes éxitos de Scorpions. La primera, Make it real aúna lo mejor de lo que se iba (esos años setenteros) y presenta lo mejor de lo que estaba creándose (esos éxitos ochenteros). Un buen riff apoyado en un crescendo de guitarras, bajo una melodía vocal hipnótica, un salto hacia un estribillo facilón con las dos guitarras armonizando detrás. Un tema brutal al que un solo más adecuado le habría culminado. Ya en este tema se escuchan empastadas ambas guitarras con el bajo, un tic de la discografía posterior. El otro, aún más famoso, The zoo, con su talk box. La idea de introducirlo fue de Jabs, quien creía que esa canción tenía una vibración extraña y necesitaba un arreglo especial. Se inspiró en Peter Frampton y vaya acierto. La canción, más allá de este detalle, trae un ritmo pantanoso en el bajo y la guitarra que va jugueteando con la guitarra principal y la voz de Meine. El éxito, a mi ver, de este tema es, precisamente, ese misterio, esa tensión constante hasta una resolución, en forma de estribillo y parte instrumental, muy lograda. Uno de los sonidos eternos del catálogo Scorpions.
¿Qué hay más allá? Canela en rama, flamenquines de Jaén, tortillitas de camarones de Sanlúcar.
Don’t make no promises (your body can’t keep), el único que aporta Jabs, es un tema potente y de ritmo vertiginoso, con riffs contundentes y una batería espectacular, reflejo, quizá, de esa inmediatez de la grabación. Retazos de hit en la estrofa principal y en el estribillo. Hold me tight tiene ese deje viejuno del grupo, una pieza lenta, algo sucia, con una atmósfera sombría, repetitiva quizá, donde Klaus da el punto diferenciador (adoro esos “all right”). Insiste Twentieth century man por el mismo camino, en este caso con un toque de bajo muy marcado y las dos guitarras sonando en extraño acople. Quizá de los temas más flojos, pero muy resultón. Lady starlight se presenta con un arreglo de cuerdas y vientos, inédita en su catálogo, y una melodía popera pegadiza. Se alarga “amorosamente” hasta una parte de guitarra solista melódica muy inspirada. Anticipa los sonidos venideros Falling in love, que casi huele a MTV en su inicio; esto con una remezcla a cargo de Beau Hill (o uno de estos) pasaba por un tema de mitad de los ochenta. Adoro ese estribillo y la resolución del solo. En cambio, vuelven a sonoridades anteriores con el inicio a capella de Only a man y ese ritmo machacón con bajo y guitarras dando el mismo punto. Me encanta. Cierran la obra con Animal magnetism, un medio tiempo hipnótico, que te engancha en sus cambios y golpes de efecto. En cierto modo, podría haberla tocado Uli John Roth.
El álbum vendió muy bien a ambos lados del Atlántico, alcanzando un digno disco de oro en primera instancia y el platino en 1991, por supuesto arrastrado hasta ahí como parte del catálogo. Los conciertos comenzaban a llenarse, en escenarios cada vez más grandes, e, incluso, encabezaron algunos festivales. Giraron con AC/DC, Ted Nudgent, Aerosmith o unos imberbes Def Leppard, por ejemplo. “Estuvimos en el lugar adecuado con la gente adecuada” afirmó una vez Klaus Meine. Dieron otro pasito hacia ese éxito en El Dorado del negocio, un mercado que les haría (más o menos) ricos y famosos; se convirtieron en parte de ese paisaje al que regresaron una y otra vez los siguientes años. Rudolf añade que esa “competición” les hizo más grandes, pues cada noche tenían que ser mejores que las otras bandas. En Japón su fama fue progresivamente en ascenso también, lo que les obligó a estirar los conciertos unas semanas más de lo previsto.
Y cerramos con la portada. Esa fotografía tan ¿polémica? Un experimento de Hipgnosis donde intentaron repetir el impacto de Lovedrive. Un hombre de espaldas, una mujer arrodillada delante de él y un perro en una combinación que obligaba a la imaginación de cada uno a interpretar el título de manera más o menos explícita. ¿Qué hace el perro en la contraportada? ¿Por qué está la señora esperando? ¿Y la cerveza del caballero? Todo con un fondo marino, como anunciando que algo va a suceder.
Disfrutad del fin de semana.




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