Sí, King, sí, soy yo y vuelvo a traer a Los Zigarros. Tengo debilidad, ya lo sabes/sabéis. En este caso, vuelvo a la carga con su disco de debut del 2013, cuando los conocí y me capturaron con su desparpajo, macarrismo, socarronería y su apuesta por el rock and roll. Y no os voy a dar la lata con los típicos tintes autobiográficos con los que suelo decorar mis entradas porque ya lo he hecho en las dos anteriores que dediqué a los valencianos y que podéis releer para ello: aquí su tercer Lp y aquí el segundo. El que avisa no es traidor, todavía me queda en la recámara el cuarto y este otoño van a publicar su quinto larga duración.
También en esas entradas os conté que, aunque en su segundo disco lograron hacer un trabajo sobresaliente confirmando las promesas que anticipaban con este debut, su tercer disco pareció bajar. El cuarto es otro rollo porque, aunque siguen en esto del rock and roll, le dan otra pátina y otra vuelta, tirando más al soft rock o pop, con ramalazos funkys. Ya hablaré en un futuro de él, aunque os puedo adelantar que fue una decepción al principio…pero pasados un par de años, me ha creado adicción. Cosas mías… Retomo que se me pira la pinza. Lo que quería decir es que este primer trabajo de los valencianos tiene algo que luego fueron puliendo en sus siguientes discos, pero que nunca volvieron a tener exactamente igual: la sensación de estar escuchando a una banda recién salida del garaje, hambrienta y sin demasiadas ganas de complicarse la vida. Como si estuviesen todos tocando en la misma habitación y lo hiciesen sólo por diversión. Por entonces los hermanos Ovidi y Álvaro Tormo ya venían curtidos de su etapa en Los Perros del Boogie. Y tuvieron la suerte, o el acierto, de cruzarse con Carlos Raya, que produjo este debut y les abrió muchas puertas. Raya llevaba años demostrando que tenía un oído privilegiado para detectar bandas de rock con personalidad y aquí volvió a acertar de lleno. Aunque también es cierto, como hemos hablado alguna vez, que en los dos siguientes discos dirigió demasiado al grupo a su marca de sonido típica. En este primer trabajo las guitarras de Álvaro dominan la función, Ovidi canta con esa mezcla de canalla y tipo corriente al que te encontrarías en cualquier bar, junto a una sección rítmica muy sólida y canciones que rara vez se van más allá de lo necesario. Y, algo que hay que mencionar, era arriesgado apostar por ellos porque por entonces el rock and roll más clásico no atravesaba precisamente su momento de mayor popularidad. Y fue en ese contexto cuando aparecieron estos dos valencianos con un disco en el que no había trampas ni dobles lecturas: guitarras, actitud y once canciones que entraban como un tiro.
Venga, vamos al lio. La aguja cae sobre "Cayendo por el agujero" y la presentación no puede ser mejor: velocidad, electricidad y rock and roll sin adornos. Apenas dos minutos y medio y la sensación de que alguien acaba de arrancar una Harley dentro del salón. En cierto modo resume bastante bien el disco entero: entrar, golpear y salir. Mención a parte la magnífica colaboración en la armónica de Manuel del Campo. La cosa sigue con "Hablar, hablar, hablar...", uno de los temas más representativos de aquellos primeros Zigarros. Tiene algo de los mejores Tequila y mucho de esa chulería bien entendida que exige el rock and roll cuando está bien hecho (cuando hablo de Los Zigarros siempre termino usando los términos que usaba Jorge Ilegal para definir el rock). Ah, y toda la razón del mundo, muchas veces sales con los amigos, te pasas hablando toda la noche y no dices nada. Luego aparece "No obstante lo cual", que ya sólo por el título merece una mención especial. Siempre me ha hecho gracia que una canción de rock and roll utilice una expresión que parece sacada de una oposición a notarías. Con coros muy estonianos. Además, detrás se esconde una adaptación de un tema de Riff, la banda del legendario Pappo, otro detalle que ayuda a entender por dónde circulaban las influencias del grupo. Llegamos a "Desde que ya no eres mía", seguramente una de las canciones más importantes de toda su carrera. La mezcla entre los ecos stonianos, el estribillo y la interpretación de Ovidi funciona de maravilla. Entiendes perfectamente por qué tanta gente se enganchó a la banda a través de este tema. Además, cuenta con la colaboración de Carlos Tarque en los coros, otro guiño a esa familia rockera que se estaba formando alrededor de Raya, y que quizás le da ese aire a M-Clan. Pero da igual, el tema es fantástico y adictivo. Un temarral como dicen algunos blogueros. La cara más reposada aparece en "Tras el cristal". No baja demasiado las pulsaciones, pero sí deja respirar un poco al disco. Tiene un punto melancólico muy atractivo y demuestra que detrás de toda esa actitud rockandrrolera había también bastante trabajo compositivo. Colaboración al órgano de Luis Prado (Señor Mostaza). Y terminamos la primera cara con la hedonista "Voy a bailar encima de ti". Veo a Álvaro diciendo a Ovidi que a ver si tiene lo que hay que tener para hacer un tema que diga que quiere follar como un loco y a Ovidi contestando lo de sujétame el cubata. Sexo, sudor y rock and roll. No hace falta buscar significados ocultos: a veces basta con pasarlo bien.
Vamos a por la cara B. "Como un puñal", es una de las piezas tapadas y que más me gustan del disco. Gran estribillo, gran puente, y una facilidad pasmosa para quedarse en la cabeza después de cada escucha, incluido ese medio viraje de ritmo, que al final no lo es, y que precede a un buen solo de Álvaro. Con "Voy hacia el mar" aparece un pequeño cambio de paisaje. Mantiene la esencia del grupo, pero introduce un aire algo más abierto y luminoso que funciona muy bien dentro del conjunto, un falso llano para afrontar un final en alto de categoría especial. Un piano-bar abre “¿Qué harás, amor?” para dar otro color más al disco. De nuevo Luis Prado pone su sabiduría a las teclas. La banda saca músculo con "Dispárame" y un riff inicial contundente muy Angus y un solo muy Berry pero con el “Start me up” de los Stones en la cabeza. El tema es otro ejemplo de que el grupo dominaba ya esa mezcla de vacile, ironía y contundencia que acabaría convirtiéndose en marca de la casa. Y el grandísimo final con "Antes de los muertos", la canción más larga del álbum, que engarza la joya más grande de la corona. Una sirena da paso al rasgueo duro y sucio de una guitarra. Con el verso “Ráfagas de suerte me trajeron hasta aquí” quizás hablan de que, a pesar de su talento y de su trabajo innegociable, sin suerte, no hubiesen podido ni grabar un disco. Un final perfecto porque deja un sabor distinto al resto del repertorio. Más desarrollado, más ambicioso y, de alguna manera, apuntando hacia caminos que explorarían después.
Recuerdo que cuando salió este álbum algunos medios empezaron a hablar de Los Zigarros como el relevo generacional del rock español. En aquel momento sonaba a exageración periodística. Ya sabéis cómo funcionan estas cosas. Cada pocos años aparece "la nueva esperanza del rock". Pues en esta ocasión creo que no se equivocaron. Los Zigarros aparecieron en el momento preciso con las canciones adecuadas. Mientras otros intentaban parecer modernos a toda costa, ellos se dedicaron a hacer lo que mejor sabían: tocar rock and roll con convicción.
El álbum se publicó en 2013 en versión CD. Gracias a la repercusión que tuvo, al año siguiente se editó en LP. En 2015 una versión Deluxe CD+DVD. Y ya en 2023 una reedición en LP rojo transparente y otra en negro, que es la que tengo yo.
En estos momentos, el grupo sólo eran los hermanos Tormo pues en este disco el bajo lo tocan Carlos Raya (que también colabora en la composición de la música) y “Chapo” González y la batería, Toni Jurado. Luego entraron en nómina Nacho Tamarit y Adrián Ribes. Fue grabado en los estudios Riff Raff.
“Dispárame y luego ya veremos. No te lo pienses más, dispárame y deja de hablar. No me mires así, sé que en el infierno voy a ser feliz. Si es que no me entiendes, te lo vuelvo a gritar”


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