Hay discos que uno descubre poco
a poco y otros que parecen caer del cielo como una revelación. En mi caso, Rising
pertenece claramente al segundo grupo. Ya sabéis que mi historia con el hard rock
fue tardía, y estuvo influenciada por mi hermano mayor. Él tenía un montón de
discos del género. Pero yo era muy joven, muy blandito, muy ñoño y muy popero y tardé mucho
en curiosear en su colección. Os he contado que empecé con Bon Jovi,
Europe y Whitesnake. Pero durante unos años tampoco profundicé
mucho más allá. Y es curioso porque, sí, los discos antiguos de Whitesnake
sí los escuché y me gustaron mucho. Pero no me dio por escuchar otros discos
clásicos en la misma medida. A ver sí, lógicamente conocía a Rainbow
pero más por su reputación que por su música. Y creo haber pinchado el Bent
out of Shape que estaba en casa. Sabía que detrás estaba el genio de Ritchie
Blackmore, el mismo que había escrito algunas de las páginas más importantes
del rock con Deep Purple. Y también sabía que un protagonista de
varios clips en las VHS de mi hermano, Dio, había pasado por allí. Pero,
vuelvo a pedir disculpas por mi ignorancia juvenil, pues una cosa era conocer la
leyenda y otra sentarse delante del tocata y escuchar lo que realmente hicieron
juntos. Y lo que hicieron en Rising fue extraordinario. Y tardé en
descubrirlo, por desgracia.
Ahora toca resumen histórico, aunque como siempre digo, cualquiera de mis compis del blog sabe más que yo. Y si no, internet tiene infinitas páginas. Rainbow había nacido apenas un año antes con la publicación de Ritchie Blackmore’s Rainbow (reseña del King aquí y recojo su testigo, tras su petición por el amor de Dio). Aquel primer álbum ya apuntaba maneras, pero todavía parecía una transición entre el universo de Deep Purple y algo nuevo que estaba buscando tomar forma. Blackmore se rodeó de varios músicos procedentes de Elf, la banda de Dio, y comenzó a construir una propuesta muy distinta a la de sus antiguos compañeros. Había menos blues, menos improvisación y una clara orientación hacia territorios más oscuros, épicos y fantásticos. Sin embargo, no sería hasta Rising cuando todas las piezas terminarían encajando. Además, las circunstancias no fueron precisamente sencillas. Blackmore decidió reorganizar casi por completo la formación después de ese primer disco. De la banda original únicamente permaneció Dio. Llegaron el batería Cozy Powell (Jeff Beck Group, y más tarde Black Sabbath, Whitesnake, Forcefield, MSG. Gary Moore...en solitario también editó y Manu nos trajo una reseña aquí), el bajista escocés Jimmy Bain y el teclista californiano Tony Carey (recientemente reseñado en el blog también por Manu, aquí), formando una de las alineaciones que muchos consideran la mejor de Rainbow. Parieron un disco con apenas seis canciones, pero que bastaron para convertirlo en una referencia absoluta del hard rock de los años setenta y, de paso, en una de las piedras fundacionales del heavy metal que estaba a punto de llegar. La portada del Lp, de Ken Kelly (portadas de Kiss y Manowar entre sus trabajos más conocidos) tampoco pasaba desapercibida. Esa gigantesca mano emergiendo del mar y sujetando un arco iris parecía sacada directamente de una novela de fantasía heroica. Con ello, antes de quitarle el plástico protector, el que se llevaba el disco a casa ya intuía que el viaje no iba a desarrollarse precisamente en el mundo real.
Y no se equivocaba pues desde la
primera canción de la primera cara, “Tarot woman”, comienza ese viaje
esotérico. Me había planteado iniciar la reseña con el monumento que es “Stargazer”
pero esta vez voy a seguir el orden del trabajo, que para eso los dioses Blackmore
y Dio decidieron que las canciones debían aparecer en su correspondiente
sitio. Para este primer tema, “Tarot woman”, los sintetizadores de Carey
crean una introducción misteriosa que creo que para 1976 sonaba hasta
futurista. Poco a poco la tensión crece hasta que Blackmore irrumpe con
uno de esos riffs tallados en piedra tan suyos. Y aparece Dio en escena, con
toda su capacidad narrativa y dejando claro que él no cantaba canciones: las
interpretaba como si estuviera relatando antiguas leyendas alrededor de una
hoguera con toda la tribu alrededor suyo. Hostia, esto merece subir un poco el
volumen del equipo, que está ocurriendo algo grande. Tras estos 6 primeros
minutos, llega “Run with the Wolf”, el corte más directo del disco,
menos complejo pero que posee una energía tremenda y en la que el grupo
demuestra lo compacta que era aquella formación. Cozy Powell
empieza a dar muestras de su capacidad a los parches y Blackmore
encuentra el equilibrio entre la melodía y la agresividad. “Startruck”
es una obra maestra que define el sonido de Rainbow de esta época. Breve
y accesible, pero concentra gran parte de las virtudes del grupo: riff
memorable, melodía irresistible e interpretación vocal impecable. Brillante.
Voy a subir un poco más el volumen antes de que llegue el solo que seguro va a estar
a la altura... Sí, eso es, aquí llega, qué bueno, hostia. Y se cierra la primera cara
del plástico con “Do you close your eyes”, la más corta y la más cercana
al clásico hard rock. Buen tema aunque, con perspectiva, puede ser el más flojo
del trabajo, pero claro, es que las comparaciones son odiosas.
Damos la vuelta al vinilo y pinchamos la cara B. Empieza “Stargazer”…Dios, espera, ¿de dónde demonios sale esa introducción de batería? Espera, que voy a ponerlo otra vez desde el principio y subiendo aún más el volumen. Buah, flipante. Y ahora, ¿qué se puede decir de esta canción que no se haya dicho ya? Para mí, pertenece a ese grupo extremadamente reducido de composiciones que pueden discutirles el podio a gigantes como “Bohemian Rhapsody”, “Starway to heaven”, “Smoke on the water” o cualquier otro monumento histórico del rock. Estamos hablando de una de las mejores canciones jamás grabadas. Quizás no sea la mejor. Pero tampoco las hay mejores. Y la magia comienza desde el primer segundo. O, mejor dicho, desde los primeros diez segundos, lo que dura el legendario redoble de Cozy Powell, tan poderoso que por si sólo entra en la historia del rock. Seguro que ha habido bateristas técnicamente más sofisticados, pero pocas veces uno ha conseguido transmitir semejante sensación de grandeza golpeando unos tambores. A partir de ahí aparece ese riff gigantesco de Blackmore, uno de los más reconocibles y amenazadores de toda su carrera. Sobre él se despliega la historia imaginada por Dio, poblada por magos, esclavos, sueños imposibles y esa fantasía épica que años después inspiraría a medio mundo dentro del heavy metal. A ver, la letra podría sonar hasta ridícula en la voz de otro cantante, pero con Dio resulta absolutamente creíble. Y tenemos ese espectacular solo de guitarra de Blackmore, cerca de dos minutos de inspiración absoluta, construido sobre escalas orientales y melodías arabescas que parecen surgir de otro tiempo y otro lugar, y que junto a la letra, nos trasladan, quizás, a Babilonia y su torre. Es una narración dentro de una narración, un tema dentro de un tema. Y me flipa el trabajo de la sección rítmica, dándole ese empaque tan pesado al tema: si ya Powell nos ha anonadado al inicio con su redoble de timbales, el patrón de caja y bombo constante con un groove marcial, crea una atmósfera hipnótica junto al bajo de Bain.
Y aún así, lo mejor de “Stargazer” no es ninguno de esos elementos por separado. Ni incluso todos los elementos juntos. Lo mejor es la primera vez que la escuchas: te dan ganas de tirar todos tus discos a la basura. Porque mientras van pasando los minutos (casi nueve) tienes la sensación de estar asistiendo a algo irrepetible: primero entra el redoble de batería, después ese riff animal de Blackmore, luego los pomposos versos mágicos de Dio, el estribillo monumental con su voz de barítono, más versos de esclavos o de duendes, quién sabe, otro estribillo todavía más poderoso, el increíble solo de guitarra de dos minutos que te vuela la cabeza que cuando parece que va a terminar te coge otra vez de las solapas de la chaqueta para seguir zarandeándote, el regreso de la voz agresiva pero acogedora, más estribillo y el climax final tan orgásmico como tener sexo con XXX (aquí pon el nombre de espécimen humano que más te ponga y completa la frase). Todo encaja de una forma tan perfecta que uno llega a preguntarse cómo demonios pudieron reunir tantas ideas brillantes en una sola canción. Y cuando termina ese crescendo épico, con la Orquesta filarmónica de Munich creciendo junto a la banda mientras Dio repite los últimos versos y Blackmore dibuja las últimas notas, es un desenlace tan exagerado, tan majestuoso y tan absolutamente perfecto que llegas a sentirte físicamente exhausto después de escucharlo. Como si la puta canción y el puto mago de la misma hubiesen consumido toda la energía disponible a su alrededor. “Stargazer” no sólo es la cima de Rising. Es una de las cimas del rock. Sin discusión.
Pero lo más increíble es que
todavía queda la última sorpresa, el último corte, “A light in the black”
retoma la historia tras la muerte del mago y dispara el álbum hacia un final absolutamente espectacular.
Si “Stargazer” es la épica, “A light in the black” es la velocidad,
la técnica y la energía desatada. El duelo instrumental entre la guitarra de Blackmore
y el teclado de Carey es una auténtica exhibición de talento, dejando el
virtuosismo a un lado. Otros más de 8 minutos que resumen muchas virtudes de
este disco: potencia, melodía, imaginación y un nivel musical excepcional. Y las dos canciones configuran una de las caras de un album más completas que se puede escuchar.
Aunque es una obra maestra y
precursora de lo que vino después, pues es indiscutible su influencia en buena
parte del heavy metal clásico, del power metal y incluso del metal sinfónico, el
éxito comercial de Rising fue muy
moderado. Nada en comparación con los Machine Head, Physical
Graffiti u Hotel California por citar varios blockbuster
de la época. Ya que mentamos a Deep Purple, hay que reconocer la
valentía o locura de un Blackmore que decidió abandonar una de las
bandas más importantes del mundo porque creía que todavía podía hacer algo
mejor o distinto. Y creo que, durante poco más de treinta y tres minutos,
demostró que tenía razón. De ello y de la publicación de este disco, hace escasos dos meses se cumplieron 50 años. Mi copia es la española de la época, espartana, sin inserto, con la letra de "Stargazer" en la contraportada y sin los títulos traducidos, raro es. Por cierto, los créditos nos dicen que toda la música escrita y arreglos a cargo de Blackmore/Dio y las letras de Dio. El disco fue producido por Martin Birch, cuyos primeros trabajos fueron como ingeniero y productor de los Fleetwood Mac de Peter Green, la era británica y con Deep Purple y Wishbone Ash. Para luego trabajar con Rainbow, la época británica de Whitesnake, Black Sabbath (ese Heaven and Hell que si alguien me quiere regalar, ya sabe) y, sobre todo, Iron Maiden.
Como bien dijeron los propios, Rainbow
en su maravilloso siguiente disco, larga vida al rock and roll, Long live
rock ‘n’ roll.


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