Pues ya estoy aquí otro viernes con un nuevo vinilo de mi serie de compras a ciegas, esta vez con Straight to the heart, tercer álbum de los británicos Straight Eight, una banda que no conocía de nada antes de llevarme a casa su disco. La energía de la portada, las Flying V y resto de guitarras de las fotos, la participación del sello Metronome (Scorpions, Accept...) y las pintas hardrockeras tardosetenteras de las fotos del grupo me habían hecho pensar en que me encontraba ante una mezcla de UFO y las bandas alemanas mencionadas. Y aunque (spoiler alert) iba desencaminado, tampoco puedo considerar un traspiés el descubrimiento de estos tipos.
Como nunca habían aparecido por el blog, se impone una pequeña
presentación. Los orígenes de la banda se remontan a mediados de los
setenta, cuando gracias a un anuncio en Melody Maker entran en contacto el
guitarrista Richard ‘Boot’ Kingsman y el vocalista, guitarrista y teclista
Rick Cassman, que tenía alquilado un apartamento en unos bajos junto a la
casa natal de Roger Daltrey. Ambos músicos dan forma a una banda llamada The
End y comienzan a tocar en el circuito de bares del oeste de Londres hasta
que cambian su nombre por Straight Eight cuando se unen al grupo el bajista
Paul Schofield y el batería Rod Johnson. Es entonces cuando John Burns, un
viejo amigo de Cassman que había trabajado con Jethro Tull, Genesis o los
Rolling Stones queda impresionado por el talento musical del cuarteto y se
los lleva a sus Escape studios de Kent para grabarles las bases de un disco
a la vez que les consigue un contrato con Sphere Management. Para estos
trabajaba como relaciones públicas el periodista Peter Makowski, que en ese
momento estaba ocupado a tiempo parcial para el nuevo sello de Pete
Townshend y que al escuchar la cinta, ofreció un contrato a la banda para
grabar su debut, justo en el momento en que Steve Cherry entró a substituir
a Schofield.
El primer disco tuvo una buena recepción y el estar apadrinados por Townshend les permitió actuar en numerosos conciertos por toda la Gran Bretaña. Pero Johnson dejó el grupo y Straight Eight contrataron a Paul Turner dispuestos a grabar sin dilación un nuevo disco. El directo de la banda era potente y enérgico, gracias a lo que tocaron por toda Europa como teloneros de Queen y en su país con Robert Palmer o Slade y consiguieron buenas reseñas en las revistas especializadas. Sin embargo, las emisoras de radio les ignoraban por lo que comercialmente resultaban ser un fracaso, algo que les alejaba del sueño de entrar en las listas al otro lado del Atlántico. Así que –con un contrato recién firmado con RCA para Canadá y los Estados Unidos– decidieron dar un giro más pop a su música incorporando a James Compton al piano y con Cassman alternando la guitarra rítmica con los sintetizadores Polymoog y Oberheim en el disco que hoy os presento.
El álbum –del que poseo una copia de la edición alemana– tiene una portada diseñada por Shoot that Tiger! y fotografiada por John Shaw (el mismo del A de Jethro Tull o el Can’t stand the heat de Status Quo, ambos reseñados por el menda en este espacio) es un collage sónico producido por Martin Rushent –que también se ocupó de la programación y algunos coros– en los Genetic sound studios además de cortes producidos por Cassman y Kingsman entre los Eel Pie studios y los Tape one studios.
Respecto los temas del álbum, voy a desgranaros mis impresiones en un
riguroso first listening, tal como iba descubriéndolos yo mismo. La primera canción
es Faded stars y comienza como un pop-rock con estribillo pegadizo, batería
machacona, coros y un piano omnipresente, aunque conforme avanza el tema,
este se ve enriquecido con diversos guitarrazos. Le sigue Tomorrow, en la
que leo que Cassman toca también el bajo y que ya es más rockera. Incluso me
trae ecos de los KISS setenteros. Eso sí, al llegar al estribillo aparecen
de nuevo los coros pop. De todas formas, tras el primer contacto inicial
algo desconcertante, parece que la propuesta de estos tipos me va a resultar
placentera. Llega entonces Desperation, un pop-rock electrónico, con batería
y guitarras pasadas por sintetizador, unos teclados muy de la época con ecos
a Foreigner y un estribillo simple, agradable de escuchar pero con fuerza
nula. Sorprendentemente se escogió como single... y se comió un
mojón.
La siguiente es You are what you are, que no abandona los teclados y ese
sonido de batería tan poco orgánico pero al menos tiene gran presencia de
guitarras dando como resultado un pop rock en la línea de unos Men at work,
por ejemplo. Y Walls can’t keep us apart, para que os hagáis una idea,
comienza de tal manera que, si en lugar de Cassman la cantase Joe Elliott,
podríamos estar ante una de las power ballads de Def Leppard aunque sin su punch
guitarrero. Efectos de sintetizador por aquí y por allá, interpretada con
elegancia... pero repetitiva y sin atisbo de energía.
La cara B se inaugura con Straight to the heart, el tema título, en la
senda de lo escuchado hasta el momento en su faceta más guitarrera dentro de
los límites estilísticos del álbum. La verdad es que, el no esperar nada del
disco hace que el descubrimiento de la banda me esté pareciendo de lo más
estimulante resultando un pop rock ochentero con sintetizadores y algo de
guitarreo que aún careciendo de energía o solos de guitarra, encuentro muy
disfrutable. One more chance me trae ecos de los The Cars más rockeros, con buen
ritmo, presencia de guitarras, estribillo con coros y pinceladas synth pop,
y tras un abrupto final llega otro tema rockero, un I don’t need your lovin’
que bien hubiese podido encajar en un álbum de la escena angelina, mirad lo
que os digo.
Le toca a Only the truth hurts, que con poco más de dos minutos es el tema
más rockero escuchado hasta el momento, rapidito, con fuerte presencia de
guitarras y algo levemente parecido a un solo. No tiene gran complicación,
como el resto de las canciones del disco, pero es alegre. Y el álbum
finaliza con Next time, otro buen exponente de pop rock new wave con
guitarrazos –aquí sí que hay un solo más definido–, batería marcada,
estribillos repetitivos y sintetizadores, que le deja a uno buen sabor de
boca. Definitivamente, Straight Eight me han resultado a la vista de lo
ofrecido en este disco una banda creo que bastante desconocida a nivel
masivo pero muy reivindicable.
A estas alturas ya he escuchado el resto de su discografía, un mucho más
rockero y crudo No noise from here y el igualmente rockero aunque ya con
ramalazos de power pop Shuffle’n’Cut, ambas obras de 1980. En la que hoy os presento, la evolución sonora de la banda aún es más apreciable
–aunque quizás demasiado forzada por un interés comercial– y demuestra un
vez más que el éxito y el talento no van siempre de la mano. Con todo ello,
el resultado de esta nueva compra a ciegas me ha resultado nuevamente muy
satisfactorio.
Ahora os toca a vosotros comentarme vuestras impresiones.
¡Feliz viernes!
@KingPiltrafilla
Comentarios
Publicar un comentario