viernes, 12 de septiembre de 2014

The Band - "Northern Lights - Southern Cross" (1975).


La historia de The Band desde el punto de vista biográfico no difiere demasiado de la de cualquier otra banda de rock de las muchas que han pisado la piel del planeta.
Agrupación acontecida en parte por gracia del azar, sus primeros pasos vienen presididos por la unidad, la juventud con sus irresistibles ganas de vivir y jugar, y la química haciendo explotar matrices de creatividad, después la maduración, proceso individual que hace cargar con glorias o con cruces dependiendo de quien se trate, y finalmente la dispersión, en especial en lo que a sentimientos se refiere, luchas de egos y cuentas pendientes que se vuelven fuertes en corazones que se sienten dolidos por mil y un motivos seguramente mucho menos importantes de lo inicialmente percibido.
El caso es que en 1975 la formación canadiense sumaba cuatro años sin grabar temas nuevos, los últimos habían sido de trabajo acompañando la grabación del "Planet Waves" de Dylan con su posterior gira, (primera en ocho años del genio de Duluth), y la grabación del disco de versiones "Moondog Matinee".


En 1975 se trasladan a Malibú y allí graban en los recién inaugurados estudios del paraíso californiano: Sangri-La su séptimo álbum de estudio, este "Northern Lights - Southern Cross", de incuestionables excelencias artísticas pero de amargo poso sentimental por significar desde su nacimiento el claro principio del fin de una de las formaciones mas sublimes y perfectas de la historia de la música americana.
Y es que al entrar en los estudios apenas queda grupo, apenas queda nada de The Band, por primera vez la composición recae en exclusiva sobre los hombros de un único componente: Robbie Robertson, el resto de miembros no aportan apenas nada, y esto se nota en el sonido, o en la falta del terciopelo típico de las composiciones amargas y melancólicas de Richard Manuel, en la ausencia de enraizamiento que usualmente aportaba el inolvidable Levon Helm a la actitud del conjunto, que parece oficiar aquí únicamente como batería y voz; y tampoco se encuentra el tono country de fuertes colores crepusculares que aportase en otras empresas Rick Danko...lo dicho, el espíritu del disco, lo que se oye, o no se oye detrás de los instrumentos es lo que de triste tiene este disco, el silencio oculto en la música, fabulosa eso si, que podemos escuchar a lo largo y ancho del vinilo.
Otra evidencia de lo comentado es el papel creciente en importancia y empeño que desarrolla el académico Garth Hudson, músico de docta formación que hasta la fecha había sublimado a propios y extraños con su inapelable virtuosismo con tantos instrumentos como pusiesen a su alcance, oficiando incluso de profesor del resto de los componentes del grupo, pero su implicación en asuntos creativos nunca había sido excesiva.
En este disco en cambio la utilización por parte de Hudson de sintetizadores y el empleo para la creación del sonido de un magnetofono de veinticuatro pistas son determinantes para que los temas de este trabajo tengan ese sonido neutro pero profundo, rockero pero clásico, sin rastro de hermanamiento pasional con ningún estilo, un sonido como definió Colin Larkin: exhuberante y panorámico.
En cuanto al tracklist,  poco que decir, una colección de temas de perfecta construcción melódica, con un aire de evidente nostalgia y una perfección y redondez en el resultado final como la banda no conseguía desde los tiempos de sus tres primeras masterpieces.
Si el sonido resulta sinuoso y con una especie de remembranza de efectos psicodélicos ya caducados unidos a un cierto sabor soulero y jazzistico de tradición americana, las letras se muestran maduras y elaboradas, intelectuales unas, como en "Jupiter Hollow" de temática mitológica griega y sin el uso de ninguna guitarra en el planteamiento sonico de la misma, o con acontecimientos históricos presentes en los textos de la fantástica "Acadian Driftwood" levantada sónicamente sobre una base de acordeones o incluso reflexiones autobiográficas del propio Robertson en cortes como "Rags and Bones".
Son por supuesto temas muy destacables la hermosa y melodramática "Hobo Jungle" exquisítamente cantada por Manuel, el Dixieland Nueva Orleanesco de la grandiosa "Ophelia" o el soul bailable y ácido, casi funky (y sin casi) de "Ring Your Bell".
Extensas y definitivas resultan la apertura del LP con la psicodélica y mas ortodoxa a lo genuino e intrínseco de la banda: "Forbidden Fruit" y la maravillósamente envolvente y emotiva "It Makes no Difference" autentica favorita de un servidor.







Disco agridulce para el que suscribe, hasta la preciosa portada me arrastra a pensar en una despedida aún no decidida pero si intuida y conocida por todos los miembros del grupo que junto a la hoguera parecen dejar volar sus pensamientos a miles de km. de allí, de este disco grandioso y de The Band"Northern Lights-Southern Cross" es, a pesar del falso "Islands" el último disco de los gloriosos The Band y lo considero una de las joyitas de mi colección.


1 comentario:

  1. Pues desde luego, una joyita. De The Band tengo poco por casa, pero The Last Waltz está pendiente de subir por aquí. Hicieron grandes cosas y pudieron ser aún más. Este no lo he escuchado, lo confieso, me pongo a ello.

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